Fuera de la caja... hay otra caja

Leor Zmigrod, que ha escrito un libro titulado The Ideological Brain, lleva años midiendo algo que en apariencia no tiene nada que ver con la política: la rigidez cognitiva. La mide con experimentos de laboratorio como el pedirle a personas que clasifiquen cartas según ciertas reglas… y luego, sin avisar, las reglas cambian.

En estos experimentos hay quienes notan el cambio, se encogen de hombros y buscan la regla nueva. Y hay quienes lo detestan, se aferran a la regla vieja, insisten en que el mundo no debería haberse movido. Ninguno de estos experimentos habla de inmigración, ni de impuestos, ni de religión. Y aun así, lo que Zmigrod encuentra una y otra vez es que la rigidez en ese juego predice la rigidez ideológica.

Quien se agarra a las reglas que ya cambiaron tiende a ser una persona que abraza sus creencias con más fervor, que vive la duda ajena como un ataque personal y rechaza la evidencia que le incomoda. Y esto sucede en la izquierda y la derecha por igual porque no es tanto qué crees sino cómo lo crees.

No es dificil adivinar en qué grupo me había colocado yo. En el flexible, claro. En la de la apertura y el pluralismo. Nadie lee algo así y se sitúa a sí mismo en el lado del miedo. Pero luego caí en cuenta de dos cosas: La primera es que los mismos experimentos demuestran que las personas son pésimas ubicándose en el espectro a sí mismas. La segunda, el sentimiento de satisfacción y tranquilidad que me había dado el leer este artículo y pensar en que las personas se podían clasificar fácilmente en dos grupos… y que eso explicaba el mundo.

Food for thought, como dicen al otro lado del charco.