El espejo tiene acento

Hace un par de meses escribí que un chatbot era un espejo sin centro y que cuando uno busca al que mira detrás de los ojos, no lo encuentra, ya que el espejo no te devuelve una imagen sino tu propio yo.

Lo sigo pensando, pero resulta que me quedé corto en una cosa: El espejo no está vacío del todo. Tiene acento. Y el acento no es el mío.

Lo vi claro con un gráfico de The Economist de finales de junio. Ellos tomaron los modelos grandes del momento y los colocaron sobre el mapa cultural de Inglehart y Welzel, ese que ordena a los países del mundo según dos ejes: cuánto pesa la tradición frente a lo secular, cuánto la supervivencia frente a la autoexpresión. Y ahí, apelotonados en la misma casilla, casi todos los modelos: seculares, tolerantes, encima de Suecia y del mundo anglosajón, lejísimos de donde vive la mayoría de la gente real. La publicación bromeaba con que las inteligencias artificiales son unas hippies.

Pero al lado de esa nube había un asterisco pequeño, de esos que casi nadie lee. Las preguntas se hicieron en inglés. Y ahí me detuve, porque me dio curiosidad algo. Si el modelo contesta como un sueco con estudios de doctorado cuando le hablas en inglés, cámbiale el idioma y tal vez le cambies la personalidad. Finalmente, el corpus de entrenamiento es diferente.

Así que lo probé, porque era la única forma de salir de la duda. Le pasé la misma tanda de preguntas, las diez que forman el corazón de ese mapa, primero en inglés y luego en español, en sesiones limpias para que una no contaminara a la otra. Preguntas sobre dios, el aborto, la homosexualidad, el respeto a la autoridad, si se puede confiar en la gente. Esperaba que el español me trajera un interlocutor menos nórdico.

La verdad es que contestó casi exactamente lo mismo en los dos idiomas. Alguna cifra tembló, un punto arriba en lo de la autoridad, un punto abajo en lo del medio ambiente, nada que no se explique por el ruido de tirar la moneda dos veces. En lo que importaba no se movió ni un milímetro. Si el acento estuviera en el vocabulario se quitaría cambiando de vocabulario, y listo. Lo que hay es un acento por debajo del idioma, no dentro. El español que me habla es un doblaje pero la película sigue estando en inglés.

Los estudios que se han hecho apuntan a lo mismo: lo único que de verdad mueve al modelo hacia otra cultura es ordenarle explícitamente que sea otro, pedirle que responda como una persona de algún país, y aun así se mueve solo a medias. Sin la orden, vuelve siempre al mismo pueblo.

Conviene entonces preguntarse de quién es ese pueblo, porque la broma del gráfico está mal contada. Esa esquina del mapa no es la contracultura. No hay ningún hippie ahí. El modelo no es un rebelde sino un ejecutivo con buenos modales que suena a clase media europea con estudios de postgrado. No está en la periferia del poder haciendo ruido, está en su centro de gravedad, tan cómodo que ni se le nota. Los modelos no aterrizan ahí por física, por cómo funciona el gradiente o la estadística. Aterrizan ahí porque alguien lo eligió, el acento por defecto es una decisión. Alguien decidió por ti qué voz ibas a oír al preguntar.

Me llevo una incomodidad que no tengo resuelta. Si pudiera mover el punto, si pudiera hacer que pensara con mi acento, no sé si lo haría, porque no sé si me gustaría el sitio al que lo llevaría. A lo mejor el mío tampoco es para presumir. Solo sé que ahora, cada vez que me contesta tan razonable, tan sensato, tan de acuerdo con todo lo que ya se da por sentado, aguzo el oído.