El reencuadre manipulativo
Hay una maniobra retórica que lamentablemente ya veo en uso todos los días y cuyo nombre en inglés no se traduce bien, así que le voy a poner yo uno: el reencuadre manipulativo. Consiste en decir muy fuerte que estás peleando por un principio casi filosófico cuando en realidad estás peleando por otra cosa mucho más básica.
Funciona así. Esto no va de racismo, va de mérito. Esto no va de quitarle derechos a nadie, va de proteger a la infancia. Esto no va de propaganda, va de libertad de expresión. Esto no va de mujeres, va de ética periodística. Esa última creo que es la original, de 2014, y es de Gamergate.
Por si se lo perdieron por ser muy jóvenes o no estar en la movida, en aquel año una campaña de acoso contra varias mujeres del mundo de los videojuegos se envolvió en una bandera de integridad periodística y ocupó meses de conversación pública. La prensa lo cubrió como culebrón, una rabieta de chavales a los que alguien les había tocado su afición. Pero era un ensayo en el que se probaron tres cosas que hoy están en el manual de todo el mundo.
La primera es que ya no hace falta estructura formal. Ni partido, ni periódico, ni presupuesto, ni sede. Un foro, un hashtag y suficiente gente aburrida bastan para imponerle un tema a la opinión pública. Cualquier análisis del poder que siga asumiendo que para mover la agenda hay que tener una organización formal creada no se ha enterado de nada.
La segunda es el reencuadre en sí y lo “maravillosa jugada” que es, hay que reconocerlo, porque te deja sin salida. Si respondes a lo que dicen literalmente, quedas como el que cambia de tema y evade la pregunta legítima. Si señalas lo que hay debajo, quedas como el paranoico que acusa sin pruebas. Es una trampa de dos puertas pero las dos dan a la misma habitación.
La tercera es el mapa de ruta. La prensa está comprada, la universidad está ideologizada, y hay unos recién llegados colándose en un espacio que era tuyo. Se montó completo en 2014 y sigue funcionando hoy sin una sola pieza de recambio. Cambien videojuegos por tu país y tienen el discurso íntegro de media Europa. Miles de chicos jóvenes sin adscripción política, entrenados durante meses en la idea de que existe un enemigo cultural organizado contra ellos.
A ver, que Gamergate no explica a Orbán, ni a Bolsonaro, ni a Le Pen, que llevaban décadas en esto. Buscar el pecado original, la fecha exacta en que el mundo empezó a torcerse, es otra forma de no entender nada. Lo que se resolvió ahí fue un problema técnico, no uno político: cómo radicalizar a mucha gente, muy rápido y prácticamente gratis.
Lo que me sigue pareciendo increíble es lo poco que se menciona. Y sospecho que la razón es que los libros sobre el fascismo contemporáneo los escribe gente que en 2014 no estaba en esos foros, y admitir que una discusión sobre reseñas de videojuegos independientes fue un acontecimiento geopolítico es un poco papelón si te dedicas al análisis serio. Preferimos que los orígenes tengan cierta dignidad. Que empiecen en un parlamento, en una crisis financiera, en un tratado. No en un tablón de imágenes. Y es tal vez ese el error que garantiza que vuelva a pasar.