Hemos domesticado el rayo

Somos dioses. O al menos, para alguien de la era victoriana, podríamos parecerlo.

Hemos domesticado el rayo y lo hemos forzado a entrar por un cable y viajar nuestras casas para darle energía a gólems que nos lavan la vajilla y la ropa, calientan o enfrían nuestros alimentos, e iluminan nuestras noches. También hemos domesticado el fuego y lo hemos metido en unas cajas para generen movimiento y, gracias a eso, surcar los aires o viajar kilómetros por tierra, siempre cómodos, leyendo un libro o disfrutando de la música que queramos a demanda.

Con ese mismo rayo domesticado, con su energía acumulada en minerales, le hemos enseñado a la arena a realizar operaciones matemáticas. Eso nos permite tener en la palma de la mano el conocimiento completo del mundo, hablar con personas al otro lado del globo inmediatamente, capturar un instate de la realidad para poder repasarlo luego, enterarnos de las noticias mundiales en tiempo real.

Hemos enviado nuestros gólems a otro planeta, a la Luna, a asteroides y regiones heladas donde el Sol casi no llega. Tan lejos que, si la luz del Sol demora 8 minutos en llegar a nosotros, le toma un día entero llegar a donde nuestra creación está ya visitando. Y desde el año 2000 hay seres humanos fuera de la Tierra de forma continua, por primera vez en la historia de la especie, no todos estamos sobre el planeta todo el tiempo.

Vivimos más del doble de años de lo que solía ser el promedio de un ser humano. La mayoría de aflicciones y dolores pueden ser controlados. Podemos no estar aburridos nunca. Y si se nos antoja una fruta fuera de temporada, podemos ir a un lugar donde la conseguimos igualmente. Podemos tomar una ducha de agua caliente todos los días. Reyes de no hace mucho no habrían siquiera soñado con este nivel de vida.

Somos dioses, pero como aquellos del Olimpo en sus historias, hemos decidido pasar más tiempo peleando entre nosotros que siendo felices.

Pensamientos