Un poco de humildad

Carl Sagan tenía una habilidad increíble para recordarnos lo pequeños que somos sin que sonara pedante. En Dragons of Eden propone uno de esos ejercicios que te recolocan la cabeza: el Calendario Cósmico. La idea es comprimir toda la historia del universo en un solo año. Bajo ese marco el Big Bang ocurre el 1 de enero y hoy estamos a 31 de diciembre.

En esa escala, la Vía Láctea aparece el 1 de mayo. Nuestro sistema solar, recién el 9 de septiembre. La Tierra se forma el 14. La vida surge el 25. Y no, no somos nosotros. Durante casi todo el año, este planeta ha estado lleno de criaturas que no se parecen en nada a los seres humanos y que, honestamente, no nos necesitaban para nada.

El 1 de diciembre ya hay suficiente oxígeno como para que la vida empiece a ponerse más interesante. El 16 aparecen los primeros gusanos. El 22, anfibios. El 27, dinosaurios. Y ahí ya empieza a oler a fin de año. ¿Y nosotros? Paciencia.

Los primates desarrollan lóbulos frontales el 30 de diciembre. Los primeros homínidos llegan ese mismo día. Los humanos modernos… a eso de las 22:30 del 31.

A las 23:46 dominamos el fuego. A las 23:59 con 20 segundos inventamos la agricultura. Sumeria surge diez segundos antes de la medianoche. Lo que se considera como el nacimiento de Cristo por las religiones Abrahámicas se daría a las 23:59 con 56 segundos. Y un segundo antes del final del año aparecen el método científico y el “descubrimiento” de América.

Toda la historia escrita de la humanidad cabe en esos últimos diez segundos del año. Somos literalmente los nuevos del barrio, pero actuamos como si hubiéramos estado aquí desde siempre. Como si el universo fuera un decorado construido para nuestro lucimiento personal. Como si las leyes de la física tuvieran la obligación de encajar con nuestras intuiciones.

Un poco de humildad no nos vendría mal. Quizá así dejaríamos de pelearnos por fronteras que, en el calendario cósmico, no existen ni desde hace una milésima de segundo. O por “tierras santas” que solo pueden serlo si asumimos que la Tierra es fija, eterna e inmutable. Porque lo que fuera que ocurrió ahí hace dos mil años ya no está ahí. Ese punto del espacio-tiempo lo dejamos atrás hace millones de kilómetros.