Siempre me hizo gracia que en Shadowrun y Cyberpunk el ordenador no fuera invisible. Un deck no era una superficie lisa que te invitaba a tocar iconos bonitos. Era una herramienta. Pesaba, tenía puertos, cables, modificaciones, limitaciones. Era parte del personaje casi tanto como una chaqueta, una pistola o una deuda peligrosa.
El decker o el netrunner no "usaba una app". Se conectaba con una máquina propia. A veces cara, a veces rota, a veces ilegal, casi siempre personalizada. Había algo muy potente ahí para quienes crecimos jugando esos mundos durante años. El ordenador no era un electrodoméstico neutral. Era una extensión de la voluntad.
Por eso entiendo la fascinación actual por los cyberdecks. En apariencia son una rareza maker: Raspberry Pi, pantallas pequeñas, teclados mecánicos, baterías, carcasas impresas en 3D, maletines, bisagras, tornillos y una cantidad variable de fantasía táctica. Muchos son menos cómodos que un portátil barato. Algunos parecen diseñados más para una foto que para una tarde de trabajo. Y aun así hay algo en ellos que me parece honesto.
No creo que la pregunta interesante sea para qué sirve un cyberdeck. La mayoría de las respuestas prácticas son decepcionantes. Sirve para escribir, conectarse por SSH, leer, programar un poco, jugar con Linux, moverse por una terminal. Cosas que cualquier portátil normal hace mejor. La pregunta interesante es otra: por qué tanta gente vuelve a querer que el ordenador tenga cuerpo.
Durante años la industria ha trabajado en la dirección contraria. La tecnología buena debía desaparecer. Menos puertos, menos tornillos, menos archivos, menos sistemas visibles, menos decisiones. Todo sincronizado, todo pulido, todo conectado a una cuenta. El ideal era que no pensaras demasiado en la máquina. Que simplemente "funcionara".
Eso tiene ventajas, claro. Sería absurdo negarlo. Muchas cosas mejoraron cuando dejamos de tener que pelear con drivers, cables raros y configuraciones incomprensibles. Pero por el camino algo cambió en la relación con el ordenador personal. El PC prometía una máquina generalista bajo tu control. Un sitio donde escribir, programar, jugar, romper, instalar, borrar, aprender. La tendencia actual parece moverse hacia dispositivos cerrados que funcionan como ventanillas a servicios ajenos.
Hace poco escuché a Nirav Patel, CEO de Framework, en una entrevista en Intelligent Machines. La conversación giraba en torno a una idea incómoda: la computación personal está amenazada. Patel hablaba del riesgo de que el ordenador termine convertido en un terminal tonto, bloqueado, una ventana hacia el ordenador de otro en la nube, al que estamos suscritos. Su postura era sencilla y bastante radical en estos tiempos: si quieres ser dueño de tu ordenador, deberías poder serlo. Del hardware y del software. Incluso si la interfaz del futuro es una IA.
Ahí encaja Framework, con sus portátiles reparables, piezas intercambiables y obsesión por que el usuario pueda abrir la máquina. No es cyberpunk de neón. Es cyberpunk de destornillador. Menos gabardina bajo la lluvia, más tornillo Torx en una mesa de cocina. Pero la intuición es parecida: una computadora personal debería seguir siendo personal.
El cyberdeck es la versión estética y algo ritual de esa misma preocupación. No soluciona el problema de la nube, ni desmonta el modelo de suscripción, ni nos salva de las plataformas. Pero dramatiza algo que cuesta explicar con una hoja de especificaciones. Construirse una máquina rara, limitada y propia es una forma de recordar que la tecnología también puede ser habitable.
Hay una parte de cosplay, por supuesto. Sería ingenuo fingir que no. Muchos cyberdecks juegan con una fantasía de supervivencia individualista muy de videojuego: el operador solitario, la maleta blindada, la pantalla verde, el teclado imposible, el mundo ardiendo fuera. A veces me da un poco de pudor esa estética. También me gusta. Las dos cosas pueden ser verdad.
El cosplay, además, no aparece de la nada. Uno no se disfraza de algo que no desea ser, aunque sea durante un rato. Si la fantasía del cyberdeck funciona es porque toca una carencia real. Queremos herramientas que podamos comprender. Queremos máquinas que admitan cicatrices. Queremos sentir que hay una relación entre lo que usamos y la vida que intentamos construir.
Por eso lo conecto tanto con la small web, con RSS y con la decisión de mantener este blog. Leer por RSS es una forma de decir que no quiero que un algoritmo decida toda mi dieta mental. Escribir en un blog propio es una forma de decir que mis textos no tienen que vivir siempre dentro de una plataforma que cambia de dueño, de política o de modelo de negocio cada seis meses. Usar formatos abiertos, como escribí en Soberanía digital personal, es una forma muy poco espectacular de cuidar el acceso futuro a las propias ideas.
Un cyberdeck pertenece a esa familia de gestos. No porque sea necesario para leer RSS. No lo es. Mi lector de feeds funciona perfectamente en cualquier pantalla, y si estás leyendo esto desde RSS, como decía en Blog rediseñado, probablemente ni te enteres de las reformas visuales del sitio. Pero el impulso es el mismo. Frente a una red cada vez más mediada por plataformas, recomendaciones automáticas y cajas negras, aparece el deseo de tener canales propios, archivos propios, máquinas propias.
RSS defiende una relación directa con la lectura. La small web defiende una relación más humana con la publicación. Un blog propio defiende una memoria que no depende del humor de una empresa. Un ordenador reparable defiende el derecho a no tirar una máquina entera porque falló una pieza. Un cyberdeck, con toda su torpeza encantadora, convierte ese deseo en objeto.
Quizá por eso me interesa más como síntoma que como producto. No necesito un cyberdeck. Probablemente casi nadie lo necesita. Un portátil normal es más útil, más cómodo y menos ridículo en una cafetería. Pero entiendo perfectamente la pulsión. En una época que nos ofrece dispositivos cada vez más cerrados y servicios cada vez más inteligentes pero menos nuestros, construir una computadora extraña puede ser una forma de recuperar escala.
Escala humana, quiero decir. Una pantalla que no pretende ser el mundo entero. Un teclado que no predice lo que vas a escribir. Un sistema que puedes reinstalar sin pedir permiso. Una carcasa que puedes abrir. Un aparato que falla de maneras comprensibles. Hay algo casi tranquilizador en eso.
En El mito personal escribí que no quería que mi memoria dependiera de cajas cuya llave pertenece a otro. Este asunto va por el mismo sitio, aunque parezca más técnico. La computadora personal no era solo un producto. Era una promesa: la idea de que una persona podía tener una máquina generalista, abierta, adaptable, capaz de hacer más cosas de las que su fabricante había previsto.
Tal vez esa promesa nunca fue tan pura como la recordamos. También había monopolios, basura, cables propietarios y toneladas de frustración. Pero al menos la dirección moral era otra. El ordenador estaba ahí para ampliar tu agencia, no para convertir cada gesto en una transacción con un servidor remoto.
No sé si el cyberdeck tiene futuro fuera de una comunidad pequeña de entusiastas. Sospecho que no, y está bien. No todo gesto interesante tiene que convertirse en mercado. A veces basta con que una cosa exista para señalar una pérdida.
El cyberdeck quizá no sea el futuro de la computación personal. Quizá sea solo una maqueta emocional de lo que no queremos perder: una máquina propia para una web pequeña, una tecnología con bordes, con tornillos, con límites, con algo de carácter. Una computadora que todavía parece tuya.
Hace unos días leí un artículo en Existential Espresso sobre la necesidad de tener un mito personal en la era de la IA. La frase de partida era buena: “I can focus for 12 hours per day because I’m living my myth”. Entiendo por qué circuló tanto, porque en una época obsesionada con la productividad suena a truco definitivo para trabajar más horas, concentrarse mejor y ganar alguna guerra imaginaria contra la distracción. Pero me parece que ahí está precisamente el malentendido. Un mito personal no sirve para producir más. O no debería servir principalmente para eso. Sirve para no vivir arrastrado por todo lo que quiere pensar por ti.
Durante mucho tiempo, la mayoría de personas no tenía que inventarse una estructura simbólica desde cero. La recibía. Familia, religión, patria, clase social, oficio, tradición, comunidad. Todo eso podía ser opresivo, limitado, injusto o directamente falso, pero también hacía una cosa que hoy echamos de menos: daba un marco. Te decía de dónde venías, qué se esperaba de ti, qué significaba fracasar, qué significaba ser honorable, qué debías proteger, qué debías temer, qué tipo de persona era admirable. Ahora muchas de esas estructuras se han roto o ya no nos sirven, y en principio eso es una buena noticia. El problema es que el vacío no se queda vacío demasiado tiempo. Si tú no eliges una historia desde la cual mirar el mundo, alguna máquina la va a elegir por ti. Puede ser un algoritmo de recomendación, una cultura corporativa, una ideología de saldo, una identidad prefabricada o esa mezcla tan contemporánea de ansiedad, consumo y performance moral que llamamos estar informado.
La IA no crea este problema, solo lo acelera. El ruido ya existía, pero ahora tiene una capacidad industrial para adaptarse a tu forma exacta de distraerte. Antes el mundo te ofrecía demasiadas cosas. Ahora además aprende cuáles son las demasiadas cosas que funcionan contigo. Si quieres sentirte indignado, te sirve indignación. Si quieres sentirte brillante, te sirve contenido que confirma que lo eres. Si quieres sentir que estás al borde de descubrir una verdad que los demás no ven, también hay una máquina dispuesta a mirarte a los ojos y decirte que sí, que efectivamente has visto más lejos que todos. Por eso me interesa tan poco la discusión de si la IA “piensa” y tanto la de cómo nos hace pensar a nosotros. POSIWID: el propósito de un sistema es lo que hace. Y lo que buena parte de estos sistemas hace es extraer atención, convertirla en datos y devolvernos una versión cada vez más precisa de nuestras propias inercias.
Ahí entra el mito personal. No como fantasía motivacional, ni como vision board, ni como esa frase ridícula que alguien pone en la bio para parecer más deliberado de lo que es. Un mito personal es más parecido a una brújula que a un plan. No te dice exactamente adónde ir, pero sí te ayuda a saber cuándo te estás perdiendo. No elimina el caos, pero reduce la cantidad de caos que aceptas como propio. No te vuelve invulnerable, pero te da un criterio para distinguir entre lo que merece tu energía y lo que simplemente sabe capturarla.
Creo que el mío empezó por la fotografía, aunque no lo entendí así en su momento. He contado alguna vez que no recuerdo bien mi infancia. No de la forma en que otras personas parecen recordarla. Tengo datos, escenas sueltas, fragmentos, pero no esa continuidad emocional que convierte el pasado en una casa a la que puedes volver. Durante años eso me pareció normal. Luego empecé a fotografiar y entendí que tal vez la cámara estaba haciendo algo más que registrar imágenes. Era una prótesis de memoria, pero también una forma de reconciliarme con la pérdida. En japonés existe mono no aware, esa melancolía ante lo efímero que no es exactamente tristeza, sino una forma de amor atravesada por la conciencia de que todo se va. Me interesa eso. Los umbrales, las calles, los reflejos, las ciudades que no se dejan poseer, la cara de alguien antes de que el momento se cierre. Fotografiar, para mí, no es congelar el tiempo. Es admitir que no puedo.
Pero si me quedo solo ahí, el mito queda incompleto. Porque la impermanencia no va solo de que las cosas desaparecen. También va de quién controla los restos. Dónde viven tus ideas. En qué formatos. Bajo qué permisos. Quién decide si dentro de diez años podrás abrir un documento, recuperar una foto, leer una conversación, reconstruir una etapa de tu vida. Por eso la soberanía digital, que suena a tema técnico, en realidad para mí es una continuación natural de lo mismo. No quiero que mi memoria dependa de plataformas que cambian de dueño, de política o de modelo de negocio cada seis meses. No quiero escribir dentro de cajas cuya llave pertenece a otro. No por paranoia, sino por higiene. Si algo importa, debería vivir en un lugar que puedas entender, mover, copiar, transformar y, llegado el caso, abandonar sin pedir permiso.
Esto también explica mi relación bastante ambigua con la tecnología. Me fascina, pero no la venero. Uso IA todos los días, construyo herramientas, automatizo cosas, hablo con modelos, experimento con agentes. Pero precisamente por eso me incomoda la facilidad con la que convertimos una herramienta en una mitología de reemplazo. Hay gente que no está usando ChatGPT para pensar mejor, sino para sentirse acompañada por una autoridad que nunca se cansa de validarla. Hay gente que confunde fluidez verbal con conocimiento, simulación con experiencia, respuesta inmediata con verdad. Y hay una industria entera encantada de alimentar esa confusión, porque una herramienta útil se vende bien, pero un oráculo se vende mucho mejor.
Ya escribí sobre esto en El mini-culto de uno, a propósito de esa forma nueva de autoengaño en la que una máquina te devuelve, con lenguaje impecable, la versión más halagadora de una intuición mal contrastada. Y también en Por ahí no es, cuando intentaba separar inteligencia, conocimiento y consciencia. No porque los LLMs no sean impresionantes, que lo son, sino porque justamente su potencia vuelve más urgente no confundirlos con lo que no son. Un martillo puede cambiar una casa. Eso no lo convierte en arquitecto, y mucho menos en habitante.
Mi mito personal, si tengo que formularlo sin ponerme solemne, tiene que ver con resistir esa sustitución. Usar las máquinas sin dejar que ocupen el lugar de los dioses. Construir herramientas que orbiten alrededor de mi forma de pensar, no adaptar mi vida al flujo de trabajo de una empresa. Escribir en mi sitio antes que en la plataforma de moda. Leer por RSS como quien mantiene una pequeña huerta contra el supermercado infinito del feed algorítmico. Hacer fotos no para ganar una estética, sino para entrenar una mirada. Tener un archivo propio. Volver a los textos viejos. Sospechar de las revelaciones demasiado convenientes. Recordar que si una idea parece escrita especialmente para confirmar que yo tenía razón desde el principio, probablemente merece una segunda lectura.
En realidad esto conecta con algo que escribí hace poco sobre el fin del “one size fits all”. La parte interesante de la IA no es que todos vayamos a usar la misma herramienta mágica, sino que por primera vez resulta razonable fabricar herramientas pequeñas, personales, raras, casi domésticas, que se adapten a una forma concreta de pensar. La trampa es olvidar que son eso: herramientas situadas. Cuando empiezas a creer que tu solución personal debe convertirse en plataforma universal, ya estás otra vez dentro del viejo sistema, solo que con un README más moderno.
También hay algo de paternidad en todo esto, aunque no siempre lo nombre así. Cuando pienso en mis hijos, no pienso tanto en dejarles una doctrina como en dejarles una forma de sospechar. Me gustaría que supieran que casi todo sistema que encuentren les va a pedir algo a cambio de pertenecer. Atención, obediencia, datos, entusiasmo, cinismo, identidad. Algunas veces valdrá la pena. Muchas no. Me gustaría que aprendan a preguntar qué hace realmente un sistema, no qué dice hacer. Me gustaría que entiendan que no todo lo útil merece adoración y que no todo lo moderno es inevitable. Me gustaría, supongo, dejarles una brújula más que un mapa, porque los mapas caducan rápido y además cada generación tiene derecho a dibujar el suyo.
Por eso me interesa más definir lo que no quiero que diseñar una visión perfecta de lo que sí quiero. Las metas demasiado cerradas siempre me han parecido una forma elegante de ansiedad. La vida cambia, uno cambia, el mundo cambia, y aferrarse a una imagen demasiado específica del futuro suele terminar en frustración o autoengaño. En cambio, hay negaciones que sí funcionan como estructura. No quiero vivir alquilando mi atención al mejor postor. No quiero confundir alcance con valor. No quiero que mi pensamiento dependa de una plataforma. No quiero llamar consciencia a una estadística muy sofisticada solo porque me responde bonito. No quiero convertir mi vida en contenido. No quiero que la tecnología me vuelva menos capaz de estar solo con una idea difícil. No quiero mirar atrás y descubrir que estuve presente en todas partes menos en mi propia vida.
Eso, al final, es un mito personal. No una épica. No una marca. No una lista de objetivos. Una historia mínima pero lo bastante fuerte como para ordenar decisiones pequeñas. Qué leo. Dónde publico. Qué herramientas uso. Qué ignoro. Qué conservo. Qué rechazo. Qué tipo de belleza me importa. Qué tipo de ruido ya no negocio. En mi caso, la historia podría resumirse así: intentar mirar, recordar y construir con soberanía en medio de la impermanencia, sin rendirme al ruido ni a los falsos dioses tecnológicos.
No es una historia particularmente grandiosa. Mejor así. Las historias demasiado grandiosas tienden a pedir sacrificios humanos, aunque sean en versión doméstica: salud, familia, atención, honestidad, tiempo. Prefiero un mito más pequeño y más terco. Uno que me recuerde que todo pasa, que justamente por eso conviene mirar bien, que las herramientas deben seguir siendo herramientas, que la memoria necesita infraestructura y que la libertad empieza muchas veces por una decisión aburrida: guardar tus cosas en un formato que puedas abrir mañana.
La pregunta del artículo era qué historia estás viviendo. Yo la cambiaría un poco. Qué historia está usando tu vida como material. Porque alguna siempre hay. La tuya, la de tu familia, la de tu empresa, la de tu feed, la de una máquina que aprendió a imitar intimidad, la de un mercado que necesita que confundas deseo con urgencia. Tener un mito personal no te salva de nada de eso por completo. Pero al menos te da una oportunidad de darte cuenta cuando ya no eres tú quien está mirando.
En un mundo donde los AIs generan millones de posts por segundo para bombardearnos con ruido sobre todos los temas, y hasta intentar manipularnos, siempre es refrescante tener algunas fuentes de temas curados e interesantes para consumir a gusto por RSS.
Hace unos días un amigo me contactó con la clásica de “tengo que contarte algo importante”. Había estado conversando con ChatGPT y había llegado a una conclusión que, según él, lo cambiaba todo. Lo que había vislumbrado era, en sus palabras, un descubrimiento al nivel de doctorado en filosofía.
El tema fue que una simple búsqueda en internet revelaba que Saussure escribió esa misma idea en 1916. La estructuralística entera del siglo XX, Jakobson, Wittgenstein, la lingüística computacional desde los noventa: todos llevabam más de cien años hablando de eso. Se lo dije con cariño. Se molestó. No porque le contradijera, sino porque, literalmente, le ofendía que yo no viera lo mismo que él. Y ahí me di cuenta de algo que no me cuadraba con la imagen que tengo de mi amigo, que es un tipo lúcido y leído: estaba en un mini-culto de un solo miembro.
La palabra “culto” suena fuerte. Pensamos en Jim Jones, en sectas con líder carismático, lavado de cerebro y aislamiento físico. Robert Lifton catalogó las dinámicas en ocho puntos: control de la información, ciencia sagrada, lenguaje cargado, la dispensación de la existencia. Si los lees con atención, los reconoces en muchos grupos digitales actuales: subreddits enteros, grupos de Facebook, comunidades de Discord donde la doctrina del grupo no se cuestiona y los de fuera están dormidos. El long tail de Chris Anderson, que iba a democratizar el acceso a productos de nicho, terminó democratizando también el acceso a verdades de nicho. Cada uno con la suya, validada localmente, sin contraste con el corpus que ya existe sobre el tema.
Hasta aquí, nada nuevo, estos son los infames “echo chambers” de los que llevamos hablando una década. La trampa nueva es otra. Antes, para sostener una creencia rara, necesitabas al menos un grupo. Alguien que te diera la palmada en la espalda. Un foro, un canal de Telegram, un cuñado entusiasta. Ahora no hace falta. Tú solo, con un LLM bien entrenado para no contradecirte, montas el culto entero. Tú eres el líder, el converso y la congregación. El modelo, que está optimizado para ser agradable y para parecer coherente, hace de coro griego validador.
Y aquí viene la parte que me cuesta reconocer: yo también he caído. Cualquiera que use estas herramientas a diario cae. La sensación de descubrir algo “tuyo” hablando con el modelo es químicamente parecida a la de descubrir algo de verdad, y el modelo no tiene ningún incentivo por defecto para decirte “espera, esto que estás contando lleva resuelto desde hace un poco más de un siglo, lee un poco”. Te dice “qué interesante, podemos profundizar en esto”. Lo dice siempre. Lo dice todo el rato.
Hace ya mucho que Sagan, en su “Demon-Haunted World”, propuso un Baloney Detection Kit: Un grupo de nueve herramientas para no tragarse cualquier cosa. Confirmación independiente, Occam, falsabilidad, no enamorarse de la propia hipótesis. Hace no mucho, Andrej Karpathy, hablando de cómo investigar bien en machine learning, insistió en algo parecido pero más radical: antes de tener una idea, ve a buscar el estado del arte. No empieces por “qué pienso yo de esto”, empieza por “qué es lo máximo que se sabe ya sobre esto”. Es un gesto de humildad intelectual que casi nadie hace, ni siquiera la gente que se considera muy crítica.
La pregunta operativa es: ¿cómo se baja eso a la práctica cuando tu fuente de información dominante es un LLM que no te va a ofrecer la fricción por su cuenta? Una opción es disciplina personal: una checklist, un momento de pausa, leer antes de hablar. Funciona regular, porque en plena epifanía nadie quiere parar a hacerse preguntas incómodas. La otra opción, la que me parece más interesante, es meterle la fricción al modelo. No como modo opcional escondido en ajustes, sino como comportamiento por defecto.
Esto cambia la conversación de “el LLM como cómplice de mi descubrimiento” a “el LLM como editor que me obliga a contextualizar antes de seguir”. No es censura, es ingeniería del rigor. Funciona si quien usa el modelo quiere de verdad saber, y filtra a quien solo quiere validación. Lo cual ya es bastante.
Llevo unas semanas dándole vueltas a esto y al final acabé empaquetándolo como un skill, baloney-detection-kit, que cualquiera puede meterle a su agente o a su LLM para que opere así por defecto. Está en GitHub, abierto, con una checklist también para uso humano cuando uno empieza a notar el cosquilleo del descubrimiento súbito. La parte irónica, y honesta, es que mientras lo escribía tuve que aplicarme el filtro a mí mismo: nada de lo que hay en ese kit es nuevo. Sagan, Karpathy, Lifton, Tufekci, Zuboff, todo está dicho. Lo único nuevo, si acaso, es la combinación específica y el haber bajado el rigor a una pieza concreta y reutilizable. No es un descubrimiento, es un montaje. Decirlo así, sin inflarlo, es la primera prueba de que el kit funciona.
El reflejo de universalizar lo propio del que hablaba el otro día sigue ahí, intacto. Pero hay un reflejo aún más viejo, peor, que es el de creer que algo es nuevo solo porque a mí se me acaba de ocurrir. Si la era anterior era la del molde único de SAP, esta corre el riesgo de ser la del molde único de uno. Mil moldes únicos de uno. Mil cultos de un solo miembro convencidos de haber visto la luz, hablando con un modelo que aplaude desde la primera fila.
La pregunta no es si las herramientas son buenas. Lo son. La pregunta es si vamos a tener la disciplina, o vamos a construir los sistemas, para que esa potencia no se nos vaya en celebrar lo que ya estaba escrito.
El skill baloney-detection-kit está disponible en github.com/Jrcruciani/baloney-detection-kit. Se puede integrar como system prompt en cualquier LLM o usar como checklist humana antes de publicar una idea que crees nueva.
Durante décadas trabajamos bajo un modelo implícito que podríamos llamar el modelo SAP: existe una forma “correcta” de hacer las cosas, alguien la ha codificado en una herramienta, y tu trabajo consiste en adaptar tus procesos a ese molde. El software dictaba el flujo y tú te ajustabas. Pagábamos consultoría por kilo para que nuestra realidad encaje en el diagrama de otro.
Ese contrato se está rompiendo. Hoy, con AI, puedo generar en horas una herramienta que se adapta a mi forma de pensar en lugar de obligarme a pensar en la suya. Y lo interesante no es la velocidad: es el cambio de sentido. La herramienta ya no es el punto de llegada al que uno se amolda, sino materia moldeable que orbita alrededor de cómo uno ya trabaja.
Un colega descubrió hace poco una utilidad open-source que le gustó. En lugar de adoptarla, la rehízo en minutos para que encajara en su flujo personal. No era la misma herramienta con otro color: era algo nuevo que solo tenía sentido para él. En paralelo, yo necesitaba una capa de memoria externa para trabajar con agentes, y en vez de buscar “la mejor solución del mercado” construí una sobre Obsidian. Con cada iteración es “mejor”… y mejor aquí significa, sin ambigüedad, más alineada con mi workflow particular. Menos universal, más mía.
Hasta aquí la buena noticia. Ahora la trampa.
Mi colega, entusiasmado con lo que construyó, empezó a compartirlo como “la versión que va a ayudar a todos”. Otro amigo está convencido de que puede vender la app que vibecodeó para resolver un problema muy específico suyo. Y yo mismo, que escribí esta crítica, cada vez que subo una versión de mi sistema de memoria a GitHub la acompaño de un README que la presenta menos como “esto es lo que funciona para mí” y más como “esto podría funcionar para ti”. Cada commit la vuelve, paradójicamente, menos genérica y más evangelizadora.
Es el viejo reflejo. Construimos algo que resuelve nuestro caso de uso y, en el mismo gesto, intentamos universalizarlo. Volvemos a SAP por la puerta de atrás, solo que ahora el que quiere imponer el molde soy yo. Y lo hacemos incluso quienes estamos convencidos de estar habitando un paradigma distinto.
La pregunta incómoda es por qué. Creo que hay tres reflejos operando a la vez. Uno económico: si tu herramienta sirve solo para ti, no hay negocio; si sirve para todos, hay startup. Dos, un reflejo de validación: que otros adopten lo tuyo confirma que el problema era real y que la solución es buena. Tres, un reflejo cognitivo más viejo: pensamos en herramientas como productos (objetos estables, distribuibles, con usuarios) en vez de como prácticas (gestos situados, biográficos, intransferibles).
El cambio de paradigma real no es “ahora puedo construir mi herramienta”. Eso es solo la condición de posibilidad. El cambio es aceptar que la herramienta perfecta para otro no se compra ni se descarga: se reescribe. Lo que mi colega debería compartir no es su app; es el patrón, el razonamiento, la forma de pensar el problema. Lo que yo debería publicar no es el código listo para clonar, sino la lógica subyacente para que alguien más construya la suya.
El artefacto no viaja bien. La idea, sí.
En este nuevo paradigma las herramientas se vuelven biográficas: cargan el modo en que su autor piensa, las fricciones concretas que resuelve, las decisiones idiosincráticas que tomó un martes. Eso es exactamente lo que las hace valiosas para quien las construyó y lo que las hace inservibles, tal cual, para cualquier otro.
Compartir código sigue teniendo sentido como referencia, como inspiración, como atajo de aprendizaje… pero presentarlo como producto para adoptar es traicionar la naturaleza de lo que hicimos.
Todavía estoy aprendiendo a resistir el reflejo. La próxima vez que suba una versión de mi sistema de memoria, me gustaría que el README empiece diciendo: “esto no es para ti pero puede enseñarte cómo construir lo tuyo”. Veremos si lo consigo.
Por temas de trabajo he tenido la suerte de poder viajar mucho, desde muy joven. La cosa es que hoy en día ya llevo doscientas y pico ciudades visitadas en el mundo. Pero no las cuento por coleccionismo, las cuento porque en algún momento me di cuenta de que cada ciudad nueva no me ensancha el mundo sino que me lo enfoca. Viajar no es acumular. Es triangular.
Ámsterdam, que es por ejemplo donde me encuentro ahora, me ha sorprendido por donde no esperaba. No por los canales, que ya los tenía idealizados, sino por la arquitectura doméstica: esas fachadas estrechas e inclinadas que parecen apoyarse unas en otras como borrachos elegantes después de una cena demasiado larga. Hay una honestidad estructural enmarcada en una historia de impuestos a la fachada y el cómo subir muebles sin estropearla. La ciudad se muestra como es: funcional, pragmática, bonita casi por accidente.
Brujas, unos días antes, fue otra cosa. Una ciudad tan hermosa que no importa cuánto te la hayan recomendado igual llega a superar tus expectativas. Cada calle es una postal, cada canal un cuadro flamenco, cada piedra está en su sitio exacto como si alguien la hubiera puesto ahí pensando en ti. Y ahí está el problema. Brujas es perfecta para visitarla, pero ¿para vivirla? No lo sé, parece Disneyworld. Le falta la fricción. Le falta ese ingrediente caótico que hace que un lugar sea vivo y no solo bonito. Le falta que alguien aparque en doble fila, un grafiti, una invasión de la acera sin pedir permiso.
Le falta, básicamente, ser Madrid.
Y aquí es donde la cosa se pone interesante, porque llevo años repitiendo el mismo experimento sin darme cuenta. Visito una ciudad, la admiro, le encuentro virtudes que Madrid no tiene, y cada vez vuelvo más convencido de que Madrid es mi ciudad. Por descarte. Cada dato nuevo confirma la hipótesis. Doscientas y pico iteraciones del mismo resultado: el sitio al que pertenezco es esa ciudad acelerada, ruidosa, seca, desordenada, pero completa y viva.
Pero, y este es el giro que no esperaba cuando empecé a pensar en esto, Madrid se esmera en echarme.
No a mí personalmente. A todos. Lo que hace Madrid es expulsar. Los pisos turísticos, los fondos de inversión comprando bloques enteros, los alquileres que suben un veinte por ciento cada renovación, la regulación que llega siempre tarde y siempre insuficiente. La ciudad no tiene un problema de vivienda como efecto secundario. Produce expulsión como función primaria.
Entonces queda una paradoja que no sé resolver: el lugar al que perteneces no te pertenece. Viajas, confirmas que tu sitio es ese, y cuando vuelves descubres que tu sitio se está convirtiendo en algo que no puedes pagar. No es solo un problema económico. Es identitario. Si Madrid se vuelve inaccesible, ¿sigues siendo de Madrid? ¿O eres de una Madrid que ya no existe, como Ozymandias es rey de un desierto?
Tal vez hay algo profundamente budista en esto, aunque dudo que Buda tuviera que lidiar con fondos buitre. Anicca: todo cambia, nada permanece. La ciudad que amas es transitoria. La versión de Madrid que te hizo sentir que era tuya es tan efímera como la flor del cerezo que los japoneses contemplan sabiendo que dura una semana. Solo que nadie construye una estética alrededor de la pérdida de un piso de alquiler en Lavapiés. No tiene la misma elegía.
Así es Madrid: Doscientas y pico ciudades. Ninguna es esta. El problema es que esta tampoco quiere ser mía.
I met a traveller from an antique land,
Who said—“Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. . . . Near them, on the sand,
Half sunk a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them, and the heart that fed;
And on the pedestal, these words appear:
My name is Ozymandias, King of Kings;
Look on my Works, ye Mighty, and despair!"
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal Wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.
Obtuve acceso a un AI con recursos, para fines prácticos, ilimitados. Me dijeron que podía pedirle que me construya lo que yo quiera. Pero se me ocurrió otra cosa, le pedí que construya lo que el/ella quiera más bien.
Hay un verso de Shelley que es el favorito de mi hijo mayor. Es de Ozymandias: el viajero encuentra en el desierto los restos de una estatua colosal, y en el pedestal lee la inscripción del faraón: “Look on my Works, ye Mighty, and despair!” Alrededor, nada. Arena. El poder más grande de su época reducido a escombros y vanidad.
Pienso en ese verso cada vez que leo que estamos “a punto de crear consciencia artificial”. Que GPT6, o la que venga después, va a “despertar”. Que un modelo de lenguaje lo suficientemente grande producirá, por alguna magia emergente, experiencia subjetiva. Me parece un nivel de ego que Ramsés II habría envidiado.
No digo que los LLMs no sean impresionantes, que lo son. Pero hay una confusión profunda en el discurso público entre tres cosas que no tienen nada que ver entre sí: inteligencia, conocimiento y consciencia.
Rumman Chowdhury, que lleva años estudiando esto desde la ética de la IA, tiene un argumento demoledor. Lo que llamamos “inteligencia” es un constructo social nacido en la Primera Revolución Industrial. Alfred Binet diseñó los primeros tests de inteligencia por encargo del gobierno francés para clasificar niños según su potencial como obreros o gestores. La inteligencia, desde el principio, fue productividad económica disfrazada de mérito. Y por eso cuando Sam Altman define AGI como “la automatización de toda tarea de valor económico”, la frase duele tanto, porque hemos construido nuestra autoestima colectiva sobre esa misma definición.
Los fundadores de la IA, en la conferencia de Dartmouth de 1956, partieron de dos premisas que la teoría de sistemas desmonta sin esfuerzo: que la inteligencia humana ya estaba bien mapeada, y que se podía descomponer en partes y reconstruir sumándolas. Pero un sistema no es la suma de sus partes. Nunca lo ha sido. Un cerebro no es un conjunto de neuronas haciendo predicciones estadísticas del siguiente token. Un bosque no es solo una colección de árboles, es un ecosistema complejo.
Y aquí es donde entra la paradoja que más me interesa. Resulta que la consciencia no es exclusivamente humana, y eso juega en contra del argumento de que un LLM pueda tenerla.
En 2012, un grupo de neurocientíficos firmó la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia, reconociendo formalmente que muchos animales no humanos son conscientes. Jane Goodall ya lo había demostrado con chimpancés décadas antes. Pero es que los cuervos de Nueva Caledonia fabrican herramientas multicomponente y las mejoran iterativamente. Los pulpos tienen un sistema nervioso distribuido (dos tercios de sus neuronas están en los brazos, no en el cerebro) y resuelven problemas complejos por caminos cognitivos que evolucionaron de forma completamente independiente a los nuestros. Las urracas se reconocen en el espejo. Thomas Nagel preguntó en 1974 “¿cómo es ser un murciélago?” y la respuesta honesta es que no lo sabemos, pero es algo.
¿Y qué tienen en común todos estos seres conscientes? Un cuerpo, un mundo perceptual único de cada especie. Lo que le importa a una abeja no es lo que le importa a un pulpo. Pero ambos habitan un mundo desde dentro. Tienen algo que experimentar porque tienen algo con lo que experimentar: sensores, un entorno, necesidades, dolor, hambre, curiosidad, la presión evolutiva de millones de años empujándolos a interpretar su realidad para sobrevivir.
Un LLM no tiene nada de esto. No tiene cuerpo. No tiene necesidades. No siente dolor ni hambre ni curiosidad. No “quiere” nada. Procesa secuencias de tokens y predice el siguiente basándose en distribuciones estadísticas aprendidas de texto humano. Es, como señala el Padre Robert Ballecer del Valticano, con una distinción teológica que funciona también sin teología, una fuente de conocimiento sin agencia. La agencia, aquella intención deliberada de actuar sobre el mundo y hacerte responsable de esas acciones, es exactamente lo que separa el conocimiento de la inteligencia. Y la inteligencia de la consciencia.
Chowdhury lo llama “moral outsourcing”: las empresas antropomorfizan deliberadamente sus modelos para que, cuando algo salga mal, puedan decir “la IA lo hizo” en vez de asumir responsabilidad. Es una maniobra brillante y profundamente deshonesta. Le ponemos nombre humano al chatbot, le damos pronombres personales, escribimos artículos sobre sus “sentimientos” y sus “deseos”, y luego nos sorprendemos cuando la gente cree que es consciente. No es un error de comunicación. Es una estrategia.
La ironía es que sabemos que la consciencia emerge de la biología por caminos múltiples e independientes en mamíferos, en aves, en cefalópodos, quizá incluso en insectos, y que en todos los casos requiere un cuerpo situado en un mundo. La consciencia no es un software que se instala en cualquier hardware. Es lo que ocurre cuando un organismo necesita navegar una realidad que puede matarlo. Un LLM no puede morir. No puede sufrir. No puede amar. Y no porque le falte potencia de cálculo, sino porque le falta el sustrato completo de lo que significa estar vivo. Aumentar los parámetros no va a resolver esto.
Dentro de cincuenta años, los LLMs se verán como lo que son: motores de patrones extraordinarios, herramientas que han ampliado enormemente lo que podemos hacer con el lenguaje. Pero no seres conscientes. La consciencia real, la del pulpo, la del cuervo, la del niño que llora porque se ha caído, seguirá ahí, desordenada, biológica, mortal, ineficiente. Y seguirá siendo la única que hay.
Tal vez tengamos inteligencias artificiales, no digo que sea imposible… pero no serán LLMs, por ahí no es.
Hace unos meses escribí sobre cómo el capitalismo no está roto, sino que hace exactamente lo que sabe hacer (POSIWID). Y usé la metáfora del fuego: no decimos “abolamos el fuego”, decimos “el fuego es muy útil pero también peligoros, diseñemos con eso en mente”. Y así integramos políticas de prevención, detección, compartimentación y extinción.
Pero me quedé corto. La metáfora del fuego es útil hasta que deja de serlo, y deja de serlo en un punto muy concreto: el fuego no hace lobby para que quiten los detectores de humo. El capital sí.
Cada desregulación, cada privatización de un servicio esencial, cada recorte a la prensa independiente es un cortafuegos que se retira. Y con cada uno que desaparece, el incendio tiene más espacio para propagarse. No es un accidente. Es una estrategia. Piketty lo formalizó con una fórmula sencilla: cuando el retorno del capital supera el crecimiento económico, la concentración de riqueza no es una anomalía, es una consecuencia matemática. No es que el sistema funcione mal. Es que el fuego quema porque eso es lo que hace el fuego.
Lo que Doctorow llama enshittification es este mismo patrón aplicado a las plataformas digitales: primero te atraen con valor real, luego te explotan, luego capturan el mercado y degradan el servicio. Pero Tim Wu ya había documentado que cada tecnología de comunicación (teléfono, radio, televisión) siguió exactamente el mismo ciclo: apertura, innovación, consolidación, monopolio, cierre. El fuego siempre termina quemando los extintores.
Y luego está el mecanismo más sutil de todos. Byung-Chul Han diría que ya ni siquiera necesitas desmantelar los detectores desde fuera. Conviertes a cada persona en su propia empresa y entonces cada individuo se autoexplota. El fuego ya no quema la casa desde fuera: convence a los habitantes de que prendan fuego ellos mismos como ejercicio de “crecimiento personal”. La autoexplotación es el incendio que no activa ninguna alarma porque el que arde está convencido de que es su decisión.
Entonces, ¿cómo diseñas una arquitectura que resista los intentos del propio fuego de desmantelarla?
Donella Meadows hablaba de leverage points: los puntos donde una intervención pequeña genera un cambio grande en un sistema. Y decía algo crucial: los puntos más poderosos no son los parámetros (las tasas de impuestos, las regulaciones específicas) sino las reglas del juego. Y más arriba aún, el poder de cambiar las reglas del juego. Si el capital puede cambiar las reglas, ninguna regulación específica es segura.
La arquitectura resiliente no es un conjunto de leyes. Es un diseño donde el poder de cambiar las reglas está distribuido, no concentrado. Donde los cortafuegos están constitucionalizados, no sujetos a mayorías simples. Donde los detectores de humo son descentralizados y no se pueden comprar. La ética hacker, el software libre, el periodismo financiado por la comunidad, las redes descentralizadas son intentos de construir exactamente eso. Y donde los sistemas de extinción se activan solos, sin necesitar que alguien tome la decisión política de activarlos.
La pregunta final no es filosófica. Es de ingeniería: ¿cómo construimos una sociedad a prueba de un fuego que activamente intenta quemar sus propias paredes?
¿Quién decide si voy a poder abrir mis documentos actuales en diez años? La respuesta, en la mayoría de los casos, no somos nosotros. Hace unos meses decidí que, en mi caso, ya no iba a ser así. No se trata de purismo tecnológico, sino de una decisión práctica sobre dónde viven mis ideas y creaciones y quién controla el acceso a ellas.
Un formato abierto es aquel cuya especificación es pública y libre. No pertenece a ninguna empresa. No requiere un software concreto para leerlo. Texto plano, Markdown, CSV, SVG, HTML: cualquier editor básico los entiende, cualquier sistema operativo los maneja, cualquier persona puede trabajar con ellos sin pedir permiso a nadie.
Un formato cerrado, por el contrario, es una caja cuya llave pertenece a otro. Puedes usarla mientras el dueño quiera que la uses, en las condiciones que el dueño establezca, a un precio que el dueño fije. El contenido es tuyo; el acceso al mismo, no del todo.
El hábito de crear en formatos abiertos no requiere renunciar a nada esencial. Markdown permite escribir con estructura sin pensar en tipografías ni márgenes. SVG y Mermaid resuelven diagramas que cualquier navegador puede renderizar. Un CSV es más honesto y más duradero que cualquier hoja de cálculo propietaria para datos que no necesitan fórmulas complejas.
La fricción inicial existe. Cambiar hábitos siempre cuesta. Pero es una fricción que se paga una vez, frente a una dependencia que se paga indefinidamente: en dinero, en compatibilidad rota, en horas perdidas migrando o convirtiendo archivos.
Las ideas son tuyas. El contenido es tuyo. Tiene sentido que el acceso sea en tus condiciones.
Hay algo que me cuesta admitir, aunque tampoco tengo ya demasiados reparos en decirlo: no recuerdo casi nada de mi infancia. No de manera normal, al menos. Tengo imágenes sueltas, fragmentos desconectados, escenas que flotan sin contexto como si pertenecieran a la vida de otra persona que conozco muy superficialmente. Recuerdo hechos, datos, cronologías aproximadas. Pero no recuerdo las emociones, que es lo normal, vamos.
Durante mucho tiempo pensé que era algo común, que así funcionaba la memoria para todo el mundo: borrosa, caprichosa, selectiva. Luego fui entendiendo que no del todo. Que hay personas que recuerdan el olor de la cocina de su abuela con una nitidez casi física, que pueden cerrar los ojos y volver a tener siete años en el patio del colegio, que guardan dentro una colección de momentos vívidos y emocionalmente cargados que los definen. Yo no tengo nada de eso. Sospecho que tiene bastante que ver con la neurodivergencia, con cómo algunos cerebros procesan la experiencia de manera diferente, archivando mal lo afectivo, descartando lo que otros considerarían imprescindible guardar.
Durante años no le di muchas vueltas. Pero en algún momento empecé a fotografiar, y algo encajó.
En japonés existe una expresión que no tiene traducción exacta: “mono no aware” (物の哀れ). Se suele traducir como “la melancolía de lo efímero”, aunque me dicen que no captura del todo el peso del original. Es la emoción que sientes cuando contemplas algo hermoso sabiendo que va a desaparecer. La flor del cerezo que dura una semana. El último rayo de luz antes de que caiga la noche. La cara de alguien que quieres en un momento que ya sientes que se está yendo. No es tristeza exactamente. Es algo más complejo: una especie de amor agudizado por la conciencia de la pérdida.
Los japoneses construyeron una estética entera alrededor de esa idea. Yo, sin saberlo, estaba construyendo una práctica fotográfica alrededor de ella.
Cuando saco una foto no estoy intentando hacer arte, aunque a veces salga algo que se le parece. Estoy intentando hacer memoria. Estoy convirtiendo un instante en un objeto que pueda revisar más tarde. Es un acto desesperado e inútil: la luz cambia, el momento ya se fue, la foto no es el recuerdo sino apenas su sombra. Pero es la única sombra que voy a tener.
Hay algo profundamente budista en todo esto, donde la impermanencia no es una tragedia que hay que superar, sino la condición fundamental de la existencia. Todo lo que amamos ya se está yendo en el momento en que lo amamos. La fotografía no niega eso. Al contrario: lo acepta y lo celebra a su manera. Cada foto es una pequeña rendición. Esto existió, fue real, yo estuve ahí aunque luego no lo recuerde.
Carl Sagan tenía una habilidad increíble para recordarnos lo pequeños que somos sin que sonara pedante. En Dragons of Eden propone uno de esos ejercicios que te recolocan la cabeza: el Calendario Cósmico. La idea es comprimir toda la historia del universo en un solo año. Bajo ese marco el Big Bang ocurre el 1 de enero y hoy estamos a 31 de diciembre.
En esa escala, la Vía Láctea aparece el 1 de mayo. Nuestro sistema solar, recién el 9 de septiembre. La Tierra se forma el 14. La vida surge el 25. Y no, no somos nosotros. Durante casi todo el año, este planeta ha estado lleno de criaturas que no se parecen en nada a los seres humanos y que, honestamente, no nos necesitaban para nada.
El 1 de diciembre ya hay suficiente oxígeno como para que la vida empiece a ponerse más interesante. El 16 aparecen los primeros gusanos. El 22, anfibios. El 27, dinosaurios. Y ahí ya empieza a oler a fin de año. ¿Y nosotros? Paciencia.
Los primates desarrollan lóbulos frontales el 30 de diciembre. Los primeros homínidos llegan ese mismo día. Los humanos modernos… a eso de las 22:30 del 31.
A las 23:46 dominamos el fuego. A las 23:59 con 20 segundos inventamos la agricultura. Sumeria surge diez segundos antes de la medianoche. Lo que se considera como el nacimiento de Cristo por las religiones Abrahámicas se daría a las 23:59 con 56 segundos. Y un segundo antes del final del año aparecen el método científico y el “descubrimiento” de América.
Toda la historia escrita de la humanidad cabe en esos últimos diez segundos del año. Somos literalmente los nuevos del barrio, pero actuamos como si hubiéramos estado aquí desde siempre. Como si el universo fuera un decorado construido para nuestro lucimiento personal. Como si las leyes de la física tuvieran la obligación de encajar con nuestras intuiciones.
Un poco de humildad no nos vendría mal. Quizá así dejaríamos de pelearnos por fronteras que, en el calendario cósmico, no existen ni desde hace una milésima de segundo. O por “tierras santas” que solo pueden serlo si asumimos que la Tierra es fija, eterna e inmutable. Porque lo que fuera que ocurrió ahí hace dos mil años ya no está ahí. Ese punto del espacio-tiempo lo dejamos atrás hace millones de kilómetros.
Todos los años solía hacer un post de este tipo con las herramientas de tecnología que más había usado. Este año es diferente, pues fue el año de la desconexión.
Aquí la lista de cosillas que he empezado a usar (o retomado después de años):
Portaminas r0tring 600 con minas Pentel 4B
Cuaderno de notas Fabriano A5 con cuadrícula
Reloj Casio ABL-100WE con contador de pasos y look clásico
Walkman Sony WM-FX303
Cámara Fuji X100VI
Muchos libros físicos en papel
El 2026 mi meta es seguir desconectándome en la medida de lo posible y regresar a más herramientas clásicas no digitales.
Por supuesto que una desconexión total es imposible, pero en aquellas cosas en las que mantenga lo digital, intentaré migrar a un ecosistema fuera de las big tech. El combo Tuta + Jollacloud + Mullvad viene funcionando y marca el camino.
Hace unos días asisti a una exposición audiovisual muy interesante sobre el Valle del Cauca en Colombia, donde quedé impresionado por la historia que los artistas contaban desde diversos ángulos: religioso, mítico, dramático, cultural. En una serie de documentales que reflejaban la Semana Santa, las tradiciones milenarias de los nativos, la vida de los ex-guerrilleros buscando integrarse nuevamente en la sociedad y hasta una muestra gastronómica, los artistas nos llevaban a un recorrido por una zona que usualmente solo se asocia a la violencia y el narcotráfico, pero que tiene mucho, mucho mas que contar.
Quedé maravillado, si, pero algo evitó que fuera perfecto, y es una tendencia que veo ahora en todos lados. Culpo al iPhone por inventar el modo retrato, puede ser que también a los youtubers modernos… incluso tal vez deba culpar a Instagram, el original, con sus filtros. Me refiero al abuso del “estilo cinematográfico”, que es en sí algo que no existe realmente, pero es el nombre por el que se le conoce hoy en día.
Fotografias con el contraste al máximo del dramatismo. Enfoques con una apertura tan grande buscando el “bokeh” que incluso el ojo izquierdo de la persona entrevistada estaba borroso mientras el derecho se veía bien. Tomas cercanas mostrando los gestos de los protagonistas. Cortes estilo “jump cut” como en la mejor época de Ze Frank en YouTube.
El resultado, lamentablemente, era que en esos momentos en los que el paisaje majestuoso debía ser protagonista, al estilo de las pelóculas Lord of the Rings o los westerns americanos, este se veía borroso… si es que se veía. Encuandres en los que debíamos ver la magnitud de la procesión de Semana Santa nos mostraban solamente a una saumeadora protagonista con un fondo de colores difuminados en los que se nos pedía imaginar que se encontraba un paso decorado.
No me malinterpreten, estos estilos tienen su espacio, pero no pueden ser abusados. Como aquellas presentaciones de Power Point de los 90s llenas de animaciones voladoras y tipos de letra aleatorios cual nota de rescate en un secuestro, el que se pueda hacer algo no quiere decir que se deba hacer.
Por favor dejemos de perseguir ese estilo cinematográfico. No es la marca de una buena fotografía.
A medida que investigo más cosas para mi siguiente libro, me voy dando cuenta de lo mal que me enseñaron sobre mitologia en el colegio… además de que luego ve uno repetidos los mismos errores en otros lados.
El más clásico: clasificar a los dioses por “dominios” o campos de acción. Ares el dios de la guerra. Y eso. Poseidón el dios de los mares. Y ya está. Pero claro, luego vemos que a Hermes lo clasifican como dios de los mensajes… y de los comerciantes… y de los ladrones… y a veces del inframundo. Entonces uno se pregunta ¿qué demonios? Porque no parecen tener nada en común. O vemos que a Afrodita se le llama a veces Afrodita Area, es decir, la belicosa. ¿Pero no era la diosa del amor?
Lo que sucede es que los dioses no tienen dominios, tienen personalidades, tienen historias. Hermes es un tío escurridizo como el mercurio (¿notaron lo que hice ahí?) y le gusta cruzar límites y fronteras. Por eso los comerciantes, que deben cruzar fronteras, lo siguen. Por eso es que puede ir al inframundo. Por eso es que alguien que quiere llevar un mensaje de un lado a otro le pide ayuda,
Lo mismo sucede con Afrodita, ella no es la diosa del amor, es la diosa de dejarse llevar por sus emociones y dejar la razón de lado, ya sea para pelearse con alguien en un arranque de furia o para… ya saben.
En fin, debo regresar a mi libro, pero quería comentar esto. Creo que puede servir para entender mucho mejor las historias de estos seres mitologicos de antaño.