Aquí tampoco es

Por temas de trabajo he tenido la suerte de poder viajar mucho, desde muy joven. La cosa es que hoy en día ya llevo doscientas y pico ciudades visitadas en el mundo. Pero no las cuento por coleccionismo, las cuento porque en algún momento me di cuenta de que cada ciudad nueva no me ensancha el mundo sino que me lo enfoca. Viajar no es acumular. Es triangular.

Ámsterdam, que es por ejemplo donde me encuentro ahora, me ha sorprendido por donde no esperaba. No por los canales, que ya los tenía idealizados, sino por la arquitectura doméstica: esas fachadas estrechas e inclinadas que parecen apoyarse unas en otras como borrachos elegantes después de una cena demasiado larga. Hay una honestidad estructural enmarcada en una historia de impuestos a la fachada y el cómo subir muebles sin estropearla. La ciudad se muestra como es: funcional, pragmática, bonita casi por accidente.

Brujas, unos días antes, fue otra cosa. Una ciudad tan hermosa que no importa cuánto te la hayan recomendado igual llega a superar tus expectativas. Cada calle es una postal, cada canal un cuadro flamenco, cada piedra está en su sitio exacto como si alguien la hubiera puesto ahí pensando en ti. Y ahí está el problema. Brujas es perfecta para visitarla, pero ¿para vivirla? No lo sé, parece Disneyworld. Le falta la fricción. Le falta ese ingrediente caótico que hace que un lugar sea vivo y no solo bonito. Le falta que alguien aparque en doble fila, un grafiti, una invasión de la acera sin pedir permiso.

Le falta, básicamente, ser Madrid.

Y aquí es donde la cosa se pone interesante, porque llevo años repitiendo el mismo experimento sin darme cuenta. Visito una ciudad, la admiro, le encuentro virtudes que Madrid no tiene, y cada vez vuelvo más convencido de que Madrid es mi ciudad. Por descarte. Cada dato nuevo confirma la hipótesis. Doscientas y pico iteraciones del mismo resultado: el sitio al que pertenezco es esa ciudad acelerada, ruidosa, seca, desordenada, pero completa y viva.

Pero, y este es el giro que no esperaba cuando empecé a pensar en esto, Madrid se esmera en echarme.

No a mí personalmente. A todos. Lo que hace Madrid es expulsar. Los pisos turísticos, los fondos de inversión comprando bloques enteros, los alquileres que suben un veinte por ciento cada renovación, la regulación que llega siempre tarde y siempre insuficiente. La ciudad no tiene un problema de vivienda como efecto secundario. Produce expulsión como función primaria.

Entonces queda una paradoja que no sé resolver: el lugar al que perteneces no te pertenece. Viajas, confirmas que tu sitio es ese, y cuando vuelves descubres que tu sitio se está convirtiendo en algo que no puedes pagar. No es solo un problema económico. Es identitario. Si Madrid se vuelve inaccesible, ¿sigues siendo de Madrid? ¿O eres de una Madrid que ya no existe, como Ozymandias es rey de un desierto?

Tal vez hay algo profundamente budista en esto, aunque dudo que Buda tuviera que lidiar con fondos buitre. Anicca: todo cambia, nada permanece. La ciudad que amas es transitoria. La versión de Madrid que te hizo sentir que era tuya es tan efímera como la flor del cerezo que los japoneses contemplan sabiendo que dura una semana. Solo que nadie construye una estética alrededor de la pérdida de un piso de alquiler en Lavapiés. No tiene la misma elegía.

Así es Madrid: Doscientas y pico ciudades. Ninguna es esta. El problema es que esta tampoco quiere ser mía.