Sobre el por qué tomo fotografías
Hay algo que me cuesta admitir, aunque tampoco tengo ya demasiados reparos en decirlo: no recuerdo casi nada de mi infancia. No de manera normal, al menos. Tengo imágenes sueltas, fragmentos desconectados, escenas que flotan sin contexto como si pertenecieran a la vida de otra persona que conozco muy superficialmente. Recuerdo hechos, datos, cronologías aproximadas. Pero no recuerdo las emociones, que es lo normal, vamos.
Durante mucho tiempo pensé que era algo común, que así funcionaba la memoria para todo el mundo: borrosa, caprichosa, selectiva. Luego fui entendiendo que no del todo. Que hay personas que recuerdan el olor de la cocina de su abuela con una nitidez casi física, que pueden cerrar los ojos y volver a tener siete años en el patio del colegio, que guardan dentro una colección de momentos vívidos y emocionalmente cargados que los definen. Yo no tengo nada de eso. Sospecho que tiene bastante que ver con la neurodivergencia, con cómo algunos cerebros procesan la experiencia de manera diferente, archivando mal lo afectivo, descartando lo que otros considerarían imprescindible guardar.
Durante años no le di muchas vueltas. Pero en algún momento empecé a fotografiar, y algo encajó.
En japonés existe una expresión que no tiene traducción exacta: “mono no aware” (物の哀れ). Se suele traducir como “la melancolía de lo efímero”, aunque me dicen que no captura del todo el peso del original. Es la emoción que sientes cuando contemplas algo hermoso sabiendo que va a desaparecer. La flor del cerezo que dura una semana. El último rayo de luz antes de que caiga la noche. La cara de alguien que quieres en un momento que ya sientes que se está yendo. No es tristeza exactamente. Es algo más complejo: una especie de amor agudizado por la conciencia de la pérdida.
Los japoneses construyeron una estética entera alrededor de esa idea. Yo, sin saberlo, estaba construyendo una práctica fotográfica alrededor de ella.
Cuando saco una foto no estoy intentando hacer arte, aunque a veces salga algo que se le parece. Estoy intentando hacer memoria. Estoy convirtiendo un instante en un objeto que pueda revisar más tarde. Es un acto desesperado e inútil: la luz cambia, el momento ya se fue, la foto no es el recuerdo sino apenas su sombra. Pero es la única sombra que voy a tener.
Hay algo profundamente budista en todo esto, donde la impermanencia no es una tragedia que hay que superar, sino la condición fundamental de la existencia. Todo lo que amamos ya se está yendo en el momento en que lo amamos. La fotografía no niega eso. Al contrario: lo acepta y lo celebra a su manera. Cada foto es una pequeña rendición. Esto existió, fue real, yo estuve ahí aunque luego no lo recuerde.