Soberanía digital personal

¿Quién decide si voy a poder abrir mis documentos actuales en diez años? La respuesta, en la mayoría de los casos, no somos nosotros. Hace unos meses decidí que, en mi caso, ya no iba a ser así. No se trata de purismo tecnológico, sino de una decisión práctica sobre dónde viven mis ideas y creaciones y quién controla el acceso a ellas.

Un formato abierto es aquel cuya especificación es pública y libre. No pertenece a ninguna empresa. No requiere un software concreto para leerlo. Texto plano, Markdown, CSV, SVG, HTML: cualquier editor básico los entiende, cualquier sistema operativo los maneja, cualquier persona puede trabajar con ellos sin pedir permiso a nadie.

Un formato cerrado, por el contrario, es una caja cuya llave pertenece a otro. Puedes usarla mientras el dueño quiera que la uses, en las condiciones que el dueño establezca, a un precio que el dueño fije. El contenido es tuyo; el acceso al mismo, no del todo.

El hábito de crear en formatos abiertos no requiere renunciar a nada esencial. Markdown permite escribir con estructura sin pensar en tipografías ni márgenes. SVG y Mermaid resuelven diagramas que cualquier navegador puede renderizar. Un CSV es más honesto y más duradero que cualquier hoja de cálculo propietaria para datos que no necesitan fórmulas complejas.

La fricción inicial existe. Cambiar hábitos siempre cuesta. Pero es una fricción que se paga una vez, frente a una dependencia que se paga indefinidamente: en dinero, en compatibilidad rota, en horas perdidas migrando o convirtiendo archivos.

Las ideas son tuyas. El contenido es tuyo. Tiene sentido que el acceso sea en tus condiciones.