Cómo Enki llegó a la península por la esquina del mapa

Imaginen esto: los dioses han decidido acabar con la humanidad porque hacen demasiado ruido (literalmente, no dejan dormir a Enlil). Se acuerda entonces que habrá diluvio para matarlos a todos y se toma un juramento: nadie avisará a los hombres de lo que se viene. Enki, señor de las aguas dulces subterráneas y patrón de la artesanía, jura como todos.

Y entonces baja a Eridu, se planta delante de la choza de caña de su devoto Atrahasis, y le habla a la pared.

«¡Pared, escúchame! ¡Muro de caña, atiende a mis palabras! Destruye tu casa, construye una nave...»

Atrahasis está al otro lado obviamente, escuchando, pero el juramento queda intacto en su letra y la humanidad sobrevive. Un exploit.

Cuando pensamos en la figura del trickster pensamos normalmente en Hermes o en los héroes griegos de Homero. Odiseo se llama a sí mismo «Nadie», de modo que cuando Polifemo grita que Nadie lo está matando, sus vecinos se dan la vuelta y se van a dormir. Prometeo, en el reparto de Mecona, esconde la carne buena dentro de la panza repulsiva del buey y los huesos bajo la grasa brillante, y deja que Zeus elija: no miente. Ninguno de los tres rompe el contrato sino que le sacan la vuelta.

Pero esto empieza antes de Grecia y se hereda por canales de transmisión que no son los que uno pensaría. De Mesopotamia sale hacia el Levante. El diluvio de Atrahasis reaparece en la tablilla XI de Gilgameš, en boca de Utnapishtim, y de ahí pasa a Génesis 6-9. No es un parecido, es el mismo orden de sucesos, el mismo envío de aves para comprobar si hay tierra seca, el mismo sacrificio al bajar de la nave, la misma divinidad oliendo el humo con agrado. George Smith lo demostró en 1872 y provocó un escándalo victoriano considerable. Con el relato viajó algo más difuso pero reconocible: la figura del que ofrece conocimiento contra la prohibición divina. Luego, de Mesopotamia sale hacia el Egeo. En consecuencia, Prometeo es en parte pariente literario de Enki. La sabiduría-por-astucia llegó a Grecia en barco fenicio. De ahí, el hermetismo entra en Europa por al-Ándalus.

En el Egipto helenístico, hacia los siglos II y III, se compila el Corpus Hermeticum, atribuido a Hermes Trismegisto: la fusión del Hermes griego con el Thot egipcio, dios de la escritura, el cálculo, la medida y la palabra eficaz. El perfil resultante es, básicamente, el de Enki: conocimiento técnico, palabra que opera, mediación entre planos.

En Bagdad, entre los siglos VIII y X, la Casa de la Sabiduría traduce el fondo griego al árabe y nace Hirmis al-Muthallath bi-l-ḥikma, «Hermes el tres veces sabio», quien se convierte en autoridad respetada del islam medieval. En el siglo X ese material está en al-Ándalus: Córdoba bajo al-Ḥakam II reúne una de las bibliotecas mayores del mundo conocido, y la escuela de Maslama al-Maŷrīṭī es el nodo desde el que la tradición se esparce en la península. De ese entorno sale, en el siglo XI, el Ghāyat al-Ḥakīm, «La meta del sabio».

Cuando Toledo cae en 1085 con sus bibliotecas dentro, sucesivas redes de traductores vuelcan ese fondo al latín. Hacia 1256, en la corte de Alfonso X, el Ghāyat al-Ḥakīm se traduce y pasa a Europa con el nombre por el que se le conoce desde entonces: el Picatrix, el manual de magia astral más influyente del Renacimiento europeo. Cuando Ficino traduce el Corpus Hermeticum al latín en Florencia, en 1463, para un Cosme de Médici impaciente que le hace dejar a Platón a medias, está trabajando sobre una corriente que llevaba ya tres siglos entrando por la península ibérica.

Un dato interesante: Un tal Ramon Llull, mallorquín, hacia 1232-1316, construye el Ars Magna: discos concéntricos giratorios que al combinarse mecánicamente generan proposiciones. Es lo más hermético que produjo la Edad Media (arte combinatoria, correspondencias, letras como operadores) y el antepasado documentado de la lógica computacional. Leibniz escribe De arte combinatoria en 1666 explícitamente sobre Llull, y de la characteristica universalis leibniziana sale la línea que llega a Boole y a Frege y de ahí a la máquina sobre la que estoy escribiendo todo esto.

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