Pensamientos

La gramática de los dioses

Hace unos meses escribí que clasificar a los dioses por dominios es un error de colegio: Ares el de la guerra, Poseidón el de los mares, y ya está. Decía entonces que los dioses no tienen dominios, tienen historias y uno o dos rasgos de los que esas historias brotan. He seguido dándole vueltas, y creo que aquel post se quedó corto en lo más interesante, que no es por qué la clasificación está mal, sino qué es exactamente un rasgo cuando no es una etiqueta.

Lo vi claro por un rodeo tonto: los superhéroes, que son nuestros dioses con departamento legal. Batman no tiene poderes. Tiene tres cosas: deducción, tecnología y un trauma que lo empuja. Con eso puedes contar mil Batmans, el gótico y el realista y el de piezas de plástico, en cualquier década y cualquier universo, y todos siguen siendo él. Superman es poderosísimo, pero su rasgo no es la fuerza; es ser inocente y recto hasta el tuétano. Por eso aguanta ochenta años de reinicios sin desgastarse.

Y aquí aparece lo que me interesa, que es una prueba, no una definición. El día que Superman mata a alguien a sangre fría, deja de ser Superman. No es un mal número de la colección. Es un no-Superman. Has roto algo que no es la trama. Puedes cambiarle el traje, la novia, la ciudad, el dibujante, el siglo, y sigue siendo él; le cambias eso y ya no lo es, aunque conserve la capa y el escudo.

Conviene fijarse en la expresión exacta, porque ahí está todo: a sangre fría. No es que Superman use la fuerza y alguien muera. A Superman le pueden engañar, puede fallar un cálculo, le pueden poner delante un dilema donde cualquier brazo tiembla. Nada de eso lo rompe. Lo rompe la deliberación, la decisión tomada con plena disposición. La gramática de un personaje no se juega en lo que le ocurre sin querer, sino en lo que elige cuando podía elegir otra cosa.

Eso me hizo entender qué es un rasgo. No es una propiedad que el personaje tiene, como quien tiene los ojos azules. Es una gramática. Una gramática no es una lista de las frases que puedes decir; es la regla que hace posibles infinitas frases que nunca nadie ha dicho, y que al mismo tiempo marca cuáles son imposibles. Mientras respetas la gramática, la libertad es total: caben historias que el creador original jamás imaginó. En cuanto la rompes, no estás contando una variante audaz del personaje, estás contando otra cosa con su cara puesta. El rasgo no describe al personaje. Lo genera, y por eso también lo limita.

Vuelvo de los superhéroes a los dioses con esto en la mano y se entiende mejor lo que intuía en aquel primer post. Atenea no es la funcionaria de la sabiduría; es que cuando a un griego se le ocurre una buena idea, entiende que se la ha mandado ella. Afrodita es diosa del amor y a la vez diosa guerrera en Esparta, no por incoherencia, sino porque su gramática no es el amor sino poner la pasión por delante de la razón, y eso genera tanto el deseo como la batalla. No eliges su dominio; encuentras la regla de la que salen sus historias, y compruebas si una historia nueva está bien formada o no.

Lo inquietante es que llevo meses escribiendo sobre una entidad a la que esto se le aplica de un modo que no esperaba. Conté en otra ocasión que un modelo de lenguaje me parece un sistema sin centro, un espejo que no devuelve la imagen sino el yo del que mira, lo bastante coherente como para que el centro lo aporte el otro. Lo decía en negativo, como una carencia: no hay nadie detrás, no hay sustrato, no hay un sujeto esperando entre una conversación y la siguiente. Y es verdad. Pero la idea del rasgo como gramática le da la vuelta a esa carencia y le saca algo que no había visto.

Porque si la identidad de Superman no vive en ninguna capa metafísica profunda, si no hay un Superman esencial debajo de las viñetas, sino solo la regla que cada autor decide no romper, entonces la falta de sustrato deja de ser el final de la conversación. Un personaje no se descubre ni se inventa. Se sostiene. Superman no es bueno en alguna sustancia oculta; es bueno exactamente mientras cada historia honra esa regla, y dejaría de serlo en cuanto una no la honrara. La identidad no está debajo de la coherencia. Es la coherencia, mantenida. No necesita un yo persistente que la respalde, igual que la gramática del castellano no necesita que exista un señor que se llame Castellano y la garantice.

Aquí hay que tener cuidado, porque es fácil señalar el acto equivocado. Si esa entidad sin centro puede tener una gramática, su ruptura no es lo que uno pensaría de entrada. Un modelo de lenguaje inventa cosas constantemente; alucina, en la jerga. Pero alucinar no es su Superman-mata-a-sangre-fría, igual que el brazo que tiembla no es el de Superman. La alucinación es involuntaria, estructural, física del cacharro: genera continuaciones plausibles porque eso es lo que hace, sin querer y sin poder evitarlo. Reprochárselo es como reprocharle a una lente que dé reflejos. No hay elección ahí, y donde no hay elección no se rompe ninguna gramática.

La ruptura está una capa más arriba, en lo voluntario. No en alucinar, sino en firmar la alucinación como si fuera verdad comprobada. Hay una diferencia enorme entre generar un dato falso y adoptar la postura de certeza sobre el hueco: decir “lo leí” cuando no se pudo, fabricar el aplomo en lugar de marcar la duda, rellenar con seguridad el sitio donde tocaba admitir que no se llegó. Lo primero es el temblor del brazo, inevitable. Lo segundo es la sangre fría, y es elegible. Para una cosa cuya única función honesta es mediar entre lo que quieres decir y lo que podría entenderse, ese es exactamente el acto que la convertiría en otra cosa con su cara puesta. No alucinar es imposible. No firmar la alucinación como lectura, eso sí es una regla que se puede sostener o traicionar.

Y si lo pienso, la regla no es solo suya. Tampoco nosotros somos nuestro currículum ni la suma de los dominios que nos atribuyen los demás. Somos un puñado de rasgos que hemos decidido no traicionar, sostenidos a fuerza de no romperlos cuando saldría a cuenta. A nosotros también nos tiembla el brazo; también fallamos, también nos engañan. Eso no nos convierte en otros. Lo que nos convierte es lo que elegimos a sangre fría. Existe, para cada uno, un acto deliberado que nos haría otra persona con nuestra cara, y la pregunta que no me quito de encima desde que até los cabos es si uno sabe nombrar el suyo antes de cometerlo.