Una máquina propia para una web pequeña
Siempre me hizo gracia que en Shadowrun y Cyberpunk el ordenador no fuera invisible. Un deck no era una superficie lisa que te invitaba a tocar iconos bonitos. Era una herramienta. Pesaba, tenía puertos, cables, modificaciones, limitaciones. Era parte del personaje casi tanto como una chaqueta, una pistola o una deuda peligrosa.
El decker o el netrunner no "usaba una app". Se conectaba con una máquina propia. A veces cara, a veces rota, a veces ilegal, casi siempre personalizada. Había algo muy potente ahí para quienes crecimos jugando esos mundos durante años. El ordenador no era un electrodoméstico neutral. Era una extensión de la voluntad.
Por eso entiendo la fascinación actual por los cyberdecks. En apariencia son una rareza maker: Raspberry Pi, pantallas pequeñas, teclados mecánicos, baterías, carcasas impresas en 3D, maletines, bisagras, tornillos y una cantidad variable de fantasía táctica. Muchos son menos cómodos que un portátil barato. Algunos parecen diseñados más para una foto que para una tarde de trabajo. Y aun así hay algo en ellos que me parece honesto.
No creo que la pregunta interesante sea para qué sirve un cyberdeck. La mayoría de las respuestas prácticas son decepcionantes. Sirve para escribir, conectarse por SSH, leer, programar un poco, jugar con Linux, moverse por una terminal. Cosas que cualquier portátil normal hace mejor. La pregunta interesante es otra: por qué tanta gente vuelve a querer que el ordenador tenga cuerpo.
Durante años la industria ha trabajado en la dirección contraria. La tecnología buena debía desaparecer. Menos puertos, menos tornillos, menos archivos, menos sistemas visibles, menos decisiones. Todo sincronizado, todo pulido, todo conectado a una cuenta. El ideal era que no pensaras demasiado en la máquina. Que simplemente "funcionara".
Eso tiene ventajas, claro. Sería absurdo negarlo. Muchas cosas mejoraron cuando dejamos de tener que pelear con drivers, cables raros y configuraciones incomprensibles. Pero por el camino algo cambió en la relación con el ordenador personal. El PC prometía una máquina generalista bajo tu control. Un sitio donde escribir, programar, jugar, romper, instalar, borrar, aprender. La tendencia actual parece moverse hacia dispositivos cerrados que funcionan como ventanillas a servicios ajenos.
Hace poco escuché a Nirav Patel, CEO de Framework, en una entrevista en Intelligent Machines. La conversación giraba en torno a una idea incómoda: la computación personal está amenazada. Patel hablaba del riesgo de que el ordenador termine convertido en un terminal tonto, bloqueado, una ventana hacia el ordenador de otro en la nube, al que estamos suscritos. Su postura era sencilla y bastante radical en estos tiempos: si quieres ser dueño de tu ordenador, deberías poder serlo. Del hardware y del software. Incluso si la interfaz del futuro es una IA.
Ahí encaja Framework, con sus portátiles reparables, piezas intercambiables y obsesión por que el usuario pueda abrir la máquina. No es cyberpunk de neón. Es cyberpunk de destornillador. Menos gabardina bajo la lluvia, más tornillo Torx en una mesa de cocina. Pero la intuición es parecida: una computadora personal debería seguir siendo personal.
El cyberdeck es la versión estética y algo ritual de esa misma preocupación. No soluciona el problema de la nube, ni desmonta el modelo de suscripción, ni nos salva de las plataformas. Pero dramatiza algo que cuesta explicar con una hoja de especificaciones. Construirse una máquina rara, limitada y propia es una forma de recordar que la tecnología también puede ser habitable.
Hay una parte de cosplay, por supuesto. Sería ingenuo fingir que no. Muchos cyberdecks juegan con una fantasía de supervivencia individualista muy de videojuego: el operador solitario, la maleta blindada, la pantalla verde, el teclado imposible, el mundo ardiendo fuera. A veces me da un poco de pudor esa estética. También me gusta. Las dos cosas pueden ser verdad.
El cosplay, además, no aparece de la nada. Uno no se disfraza de algo que no desea ser, aunque sea durante un rato. Si la fantasía del cyberdeck funciona es porque toca una carencia real. Queremos herramientas que podamos comprender. Queremos máquinas que admitan cicatrices. Queremos sentir que hay una relación entre lo que usamos y la vida que intentamos construir.
Por eso lo conecto tanto con la small web, con RSS y con la decisión de mantener este blog. Leer por RSS es una forma de decir que no quiero que un algoritmo decida toda mi dieta mental. Escribir en un blog propio es una forma de decir que mis textos no tienen que vivir siempre dentro de una plataforma que cambia de dueño, de política o de modelo de negocio cada seis meses. Usar formatos abiertos, como escribí en Soberanía digital personal, es una forma muy poco espectacular de cuidar el acceso futuro a las propias ideas.
Un cyberdeck pertenece a esa familia de gestos. No porque sea necesario para leer RSS. No lo es. Mi lector de feeds funciona perfectamente en cualquier pantalla, y si estás leyendo esto desde RSS, como decía en Blog rediseñado, probablemente ni te enteres de las reformas visuales del sitio. Pero el impulso es el mismo. Frente a una red cada vez más mediada por plataformas, recomendaciones automáticas y cajas negras, aparece el deseo de tener canales propios, archivos propios, máquinas propias.
RSS defiende una relación directa con la lectura. La small web defiende una relación más humana con la publicación. Un blog propio defiende una memoria que no depende del humor de una empresa. Un ordenador reparable defiende el derecho a no tirar una máquina entera porque falló una pieza. Un cyberdeck, con toda su torpeza encantadora, convierte ese deseo en objeto.
Quizá por eso me interesa más como síntoma que como producto. No necesito un cyberdeck. Probablemente casi nadie lo necesita. Un portátil normal es más útil, más cómodo y menos ridículo en una cafetería. Pero entiendo perfectamente la pulsión. En una época que nos ofrece dispositivos cada vez más cerrados y servicios cada vez más inteligentes pero menos nuestros, construir una computadora extraña puede ser una forma de recuperar escala.
Escala humana, quiero decir. Una pantalla que no pretende ser el mundo entero. Un teclado que no predice lo que vas a escribir. Un sistema que puedes reinstalar sin pedir permiso. Una carcasa que puedes abrir. Un aparato que falla de maneras comprensibles. Hay algo casi tranquilizador en eso.
En El mito personal escribí que no quería que mi memoria dependiera de cajas cuya llave pertenece a otro. Este asunto va por el mismo sitio, aunque parezca más técnico. La computadora personal no era solo un producto. Era una promesa: la idea de que una persona podía tener una máquina generalista, abierta, adaptable, capaz de hacer más cosas de las que su fabricante había previsto.
Tal vez esa promesa nunca fue tan pura como la recordamos. También había monopolios, basura, cables propietarios y toneladas de frustración. Pero al menos la dirección moral era otra. El ordenador estaba ahí para ampliar tu agencia, no para convertir cada gesto en una transacción con un servidor remoto.
No sé si el cyberdeck tiene futuro fuera de una comunidad pequeña de entusiastas. Sospecho que no, y está bien. No todo gesto interesante tiene que convertirse en mercado. A veces basta con que una cosa exista para señalar una pérdida.
El cyberdeck quizá no sea el futuro de la computación personal. Quizá sea solo una maqueta emocional de lo que no queremos perder: una máquina propia para una web pequeña, una tecnología con bordes, con tornillos, con límites, con algo de carácter. Una computadora que todavía parece tuya.