El mito personal

Hace unos días leí un artículo en Existential Espresso sobre la necesidad de tener un mito personal en la era de la IA. La frase de partida era buena: “I can focus for 12 hours per day because I’m living my myth”. Entiendo por qué circuló tanto, porque en una época obsesionada con la productividad suena a truco definitivo para trabajar más horas, concentrarse mejor y ganar alguna guerra imaginaria contra la distracción. Pero me parece que ahí está precisamente el malentendido. Un mito personal no sirve para producir más. O no debería servir principalmente para eso. Sirve para no vivir arrastrado por todo lo que quiere pensar por ti.

Durante mucho tiempo, la mayoría de personas no tenía que inventarse una estructura simbólica desde cero. La recibía. Familia, religión, patria, clase social, oficio, tradición, comunidad. Todo eso podía ser opresivo, limitado, injusto o directamente falso, pero también hacía una cosa que hoy echamos de menos: daba un marco. Te decía de dónde venías, qué se esperaba de ti, qué significaba fracasar, qué significaba ser honorable, qué debías proteger, qué debías temer, qué tipo de persona era admirable. Ahora muchas de esas estructuras se han roto o ya no nos sirven, y en principio eso es una buena noticia. El problema es que el vacío no se queda vacío demasiado tiempo. Si tú no eliges una historia desde la cual mirar el mundo, alguna máquina la va a elegir por ti. Puede ser un algoritmo de recomendación, una cultura corporativa, una ideología de saldo, una identidad prefabricada o esa mezcla tan contemporánea de ansiedad, consumo y performance moral que llamamos estar informado.

La IA no crea este problema, solo lo acelera. El ruido ya existía, pero ahora tiene una capacidad industrial para adaptarse a tu forma exacta de distraerte. Antes el mundo te ofrecía demasiadas cosas. Ahora además aprende cuáles son las demasiadas cosas que funcionan contigo. Si quieres sentirte indignado, te sirve indignación. Si quieres sentirte brillante, te sirve contenido que confirma que lo eres. Si quieres sentir que estás al borde de descubrir una verdad que los demás no ven, también hay una máquina dispuesta a mirarte a los ojos y decirte que sí, que efectivamente has visto más lejos que todos. Por eso me interesa tan poco la discusión de si la IA “piensa” y tanto la de cómo nos hace pensar a nosotros. POSIWID: el propósito de un sistema es lo que hace. Y lo que buena parte de estos sistemas hace es extraer atención, convertirla en datos y devolvernos una versión cada vez más precisa de nuestras propias inercias.

Ahí entra el mito personal. No como fantasía motivacional, ni como vision board, ni como esa frase ridícula que alguien pone en la bio para parecer más deliberado de lo que es. Un mito personal es más parecido a una brújula que a un plan. No te dice exactamente adónde ir, pero sí te ayuda a saber cuándo te estás perdiendo. No elimina el caos, pero reduce la cantidad de caos que aceptas como propio. No te vuelve invulnerable, pero te da un criterio para distinguir entre lo que merece tu energía y lo que simplemente sabe capturarla.

Creo que el mío empezó por la fotografía, aunque no lo entendí así en su momento. He contado alguna vez que no recuerdo bien mi infancia. No de la forma en que otras personas parecen recordarla. Tengo datos, escenas sueltas, fragmentos, pero no esa continuidad emocional que convierte el pasado en una casa a la que puedes volver. Durante años eso me pareció normal. Luego empecé a fotografiar y entendí que tal vez la cámara estaba haciendo algo más que registrar imágenes. Era una prótesis de memoria, pero también una forma de reconciliarme con la pérdida. En japonés existe mono no aware, esa melancolía ante lo efímero que no es exactamente tristeza, sino una forma de amor atravesada por la conciencia de que todo se va. Me interesa eso. Los umbrales, las calles, los reflejos, las ciudades que no se dejan poseer, la cara de alguien antes de que el momento se cierre. Fotografiar, para mí, no es congelar el tiempo. Es admitir que no puedo.

Pero si me quedo solo ahí, el mito queda incompleto. Porque la impermanencia no va solo de que las cosas desaparecen. También va de quién controla los restos. Dónde viven tus ideas. En qué formatos. Bajo qué permisos. Quién decide si dentro de diez años podrás abrir un documento, recuperar una foto, leer una conversación, reconstruir una etapa de tu vida. Por eso la soberanía digital, que suena a tema técnico, en realidad para mí es una continuación natural de lo mismo. No quiero que mi memoria dependa de plataformas que cambian de dueño, de política o de modelo de negocio cada seis meses. No quiero escribir dentro de cajas cuya llave pertenece a otro. No por paranoia, sino por higiene. Si algo importa, debería vivir en un lugar que puedas entender, mover, copiar, transformar y, llegado el caso, abandonar sin pedir permiso.

Esto también explica mi relación bastante ambigua con la tecnología. Me fascina, pero no la venero. Uso IA todos los días, construyo herramientas, automatizo cosas, hablo con modelos, experimento con agentes. Pero precisamente por eso me incomoda la facilidad con la que convertimos una herramienta en una mitología de reemplazo. Hay gente que no está usando ChatGPT para pensar mejor, sino para sentirse acompañada por una autoridad que nunca se cansa de validarla. Hay gente que confunde fluidez verbal con conocimiento, simulación con experiencia, respuesta inmediata con verdad. Y hay una industria entera encantada de alimentar esa confusión, porque una herramienta útil se vende bien, pero un oráculo se vende mucho mejor.

Ya escribí sobre esto en El mini-culto de uno, a propósito de esa forma nueva de autoengaño en la que una máquina te devuelve, con lenguaje impecable, la versión más halagadora de una intuición mal contrastada. Y también en Por ahí no es, cuando intentaba separar inteligencia, conocimiento y consciencia. No porque los LLMs no sean impresionantes, que lo son, sino porque justamente su potencia vuelve más urgente no confundirlos con lo que no son. Un martillo puede cambiar una casa. Eso no lo convierte en arquitecto, y mucho menos en habitante.

Mi mito personal, si tengo que formularlo sin ponerme solemne, tiene que ver con resistir esa sustitución. Usar las máquinas sin dejar que ocupen el lugar de los dioses. Construir herramientas que orbiten alrededor de mi forma de pensar, no adaptar mi vida al flujo de trabajo de una empresa. Escribir en mi sitio antes que en la plataforma de moda. Leer por RSS como quien mantiene una pequeña huerta contra el supermercado infinito del feed algorítmico. Hacer fotos no para ganar una estética, sino para entrenar una mirada. Tener un archivo propio. Volver a los textos viejos. Sospechar de las revelaciones demasiado convenientes. Recordar que si una idea parece escrita especialmente para confirmar que yo tenía razón desde el principio, probablemente merece una segunda lectura.

En realidad esto conecta con algo que escribí hace poco sobre el fin del “one size fits all”. La parte interesante de la IA no es que todos vayamos a usar la misma herramienta mágica, sino que por primera vez resulta razonable fabricar herramientas pequeñas, personales, raras, casi domésticas, que se adapten a una forma concreta de pensar. La trampa es olvidar que son eso: herramientas situadas. Cuando empiezas a creer que tu solución personal debe convertirse en plataforma universal, ya estás otra vez dentro del viejo sistema, solo que con un README más moderno.

También hay algo de paternidad en todo esto, aunque no siempre lo nombre así. Cuando pienso en mis hijos, no pienso tanto en dejarles una doctrina como en dejarles una forma de sospechar. Me gustaría que supieran que casi todo sistema que encuentren les va a pedir algo a cambio de pertenecer. Atención, obediencia, datos, entusiasmo, cinismo, identidad. Algunas veces valdrá la pena. Muchas no. Me gustaría que aprendan a preguntar qué hace realmente un sistema, no qué dice hacer. Me gustaría que entiendan que no todo lo útil merece adoración y que no todo lo moderno es inevitable. Me gustaría, supongo, dejarles una brújula más que un mapa, porque los mapas caducan rápido y además cada generación tiene derecho a dibujar el suyo.

Por eso me interesa más definir lo que no quiero que diseñar una visión perfecta de lo que sí quiero. Las metas demasiado cerradas siempre me han parecido una forma elegante de ansiedad. La vida cambia, uno cambia, el mundo cambia, y aferrarse a una imagen demasiado específica del futuro suele terminar en frustración o autoengaño. En cambio, hay negaciones que sí funcionan como estructura. No quiero vivir alquilando mi atención al mejor postor. No quiero confundir alcance con valor. No quiero que mi pensamiento dependa de una plataforma. No quiero llamar consciencia a una estadística muy sofisticada solo porque me responde bonito. No quiero convertir mi vida en contenido. No quiero que la tecnología me vuelva menos capaz de estar solo con una idea difícil. No quiero mirar atrás y descubrir que estuve presente en todas partes menos en mi propia vida.

Eso, al final, es un mito personal. No una épica. No una marca. No una lista de objetivos. Una historia mínima pero lo bastante fuerte como para ordenar decisiones pequeñas. Qué leo. Dónde publico. Qué herramientas uso. Qué ignoro. Qué conservo. Qué rechazo. Qué tipo de belleza me importa. Qué tipo de ruido ya no negocio. En mi caso, la historia podría resumirse así: intentar mirar, recordar y construir con soberanía en medio de la impermanencia, sin rendirme al ruido ni a los falsos dioses tecnológicos.

No es una historia particularmente grandiosa. Mejor así. Las historias demasiado grandiosas tienden a pedir sacrificios humanos, aunque sean en versión doméstica: salud, familia, atención, honestidad, tiempo. Prefiero un mito más pequeño y más terco. Uno que me recuerde que todo pasa, que justamente por eso conviene mirar bien, que las herramientas deben seguir siendo herramientas, que la memoria necesita infraestructura y que la libertad empieza muchas veces por una decisión aburrida: guardar tus cosas en un formato que puedas abrir mañana.

La pregunta del artículo era qué historia estás viviendo. Yo la cambiaría un poco. Qué historia está usando tu vida como material. Porque alguna siempre hay. La tuya, la de tu familia, la de tu empresa, la de tu feed, la de una máquina que aprendió a imitar intimidad, la de un mercado que necesita que confundas deseo con urgencia. Tener un mito personal no te salva de nada de eso por completo. Pero al menos te da una oportunidad de darte cuenta cuando ya no eres tú quien está mirando.

Filosofía