La Jihad no era contra las máquinas

La frase aparece pronto en Dune: “no harás una máquina a semejanza de la mente humana”. Casi todo el mundo la lee como una prohibición tecnológica, como si Frank Herbert hubiese imaginado un futuro hippie sin ordenadores. Es una lectura cómoda y bastante perezosa. Lo que prohíbe el mandato butleriano no es la máquina. Es la abdicación.

La Jihad, según los textos, no destruye solo a las máquinas pensantes. Destruye también, y sobre todo, a la casta humana que se había hecho indispensable operándolas. Eran ellos los que mandaban, no los servidores de silicio. Las máquinas eran la coartada técnica para una concentración de poder que no se sostenía de otra manera. Romperlas era romper también el monopolio sobre quién podía pensar por los demás. Todo lo que vino después en el universo de Dune (las escuelas mentat, la disciplina Bene Gesserit, los Navegantes) son tecnologías humanas para no volver a depender de un intermediario opaco. Es una respuesta política, no luddita.

Sesenta años más tarde, sin haber leído a Herbert o habiéndolo leído mal, hay tres autores que han llegado a la misma observación por caminos distintos. Vale la pena ponerlos en fila porque encajan como un mecanismo.

Shoshana Zuboff fue la primera en describir la mecánica económica. Surveillance Capitalism no va sobre privacidad, va sobre asimetría. Una de las partes del intercambio sabe lo que va a hacer la otra antes que ella misma, y esa diferencia se monetiza. Lo que delegas no es un servicio, es el material en bruto del que vive un poder nuevo. Cuando esa misma infraestructura empieza a sugerirte las palabras, la asimetría deja de ser sobre tu conducta y pasa a ser sobre tu pensamiento. Ya no eres solo el producto. Eres también el guion.

Byung-Chul Han añade el ángulo psicopolítico. En Infocracia y en sus textos cortos sobre IA insiste en algo incómodo: el régimen actual no te prohíbe nada, te ahorra. El sujeto neoliberal se autoexplota delegando porque confunde delegación con liberación. La IA es la culminación de ese movimiento. Nadie te obliga a usarla, igual que nadie te obliga a optimizarte. La obediencia se ha vuelto frictionless, y por eso es más profunda. Herbert lo vio así también: en su universo, las máquinas no esclavizaron a nadie a la fuerza. La gente fue entregando partes de sí hasta que ya no había nadie del otro lado de la decisión.

Bernard Stiegler es el que cierra el cuadro con la palabra que faltaba: proletarización. Cada vez que un saber se externaliza a una máquina sin volver a interiorizarlo, ese saber se pierde. La industria del XIX proletarizó el cuerpo del obrero, le quitó el oficio. La del XX proletarizó al consumidor, le quitó el saber-vivir. La actual proletariza al que diseña y al que piensa. Y aquí está el punto duro: la pérdida no es solo del que delega. Es estructural. La sociedad entera se queda con menos personas capaces de hacer lo que antes hacían varias generaciones, y depende cada vez más de la pequeña casta que sí sabe operar el sistema. La Jihad de Herbert es, leída así, una rebelión contra la proletarización terminal de la mente.

Me he dado cuenta que llevo meses escribiendo alrededor de esto sin nombrarlo directamente. En El mini-culto de uno describí, sin saber que lo hacía, un caso clínico de Han: alguien convencido por un sistema halagador de que había pensado algo profundo. La autoexplotación cognitiva en miniatura, con final feliz para la plataforma. En El mito personal y en Una máquina propia para una web pequeña llegué, por la vía corta, al mismo sitio: no escribir dentro de cajas cuya llave pertenece a otro, fabricarse herramientas que uno entienda. Soberanía sobre el sustrato.

La pregunta entonces no es si la IA piensa o si nos va a matar. Esas son distracciones. La pregunta es la de siempre: a quién beneficia que tú uses esto así, y qué te queda dentro cuando lo apagas. Si la respuesta es “menos que ayer”, el problema no es la máquina. Es la entrega.

Y esa, la entrega, es lo único contra lo que Herbert escribió.